/Yolanda Pantin en el museo
Yolanda Pantin. De la serie: El ojo en la letra, 1998: Lisbeth Salas ©Archivo Fotografía Urbana

Yolanda Pantin en el museo

Por Milagros Socorro

En entrevista con el diario ABC, al convertirse en la 17ª ganadora del Premio Internacional de poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, Yolanda Pantin dijo: “Conmigo va una tradición literaria, no soy una voz aislada, son mis lecturas y mis contemporáneos, mis poetas mayores, conmigo vamos todos… Me llamó una poeta amiga por la mañana, y se lo conté. Y le dije que estaba conmigo, que estamos juntas. Mi voz arrastra otras voces. Mejor dicho, las lleva consigo”.

Curiosamente, esta declaración, ofrecida hace una semana, cuando se conoció el fallo del jurado, se ve ilustrada con esta imagen, del Archivo Fotografía Urbana, hecha en  1998 por Lisbeth Salas, en el marco de su serie El ojo en la letra (retratos de escritores). En ella vemos a la poeta, de perfil, en el momento en que gira el rostro hacia la fotógrafa. Vemos, entonces, su mirada inquisitiva; la boca en gesto de contención; el mínimo zarcillo (¿un zafiro, el más pequeño del mostrador?); la frente rematada en visera, cuyo borde acentúan las cejas que parecen disolverse en su tránsito hacia las sienes; la pequeña oreja pegada al cráneo; el cabello oscuro, zurcado por dos o tres canas contumaces; el moño apretado en la nuca. Todo es corrección en ella. El suéter blanco, la chaqueta de tweed, bien ajustada en los estrechos hombros. Su figura aparece nimbada por un círculo del que solo vemos un fragmento. Es una obra del artista Alfred Wenemoser, quien trazó un enorme círculo de sillas adosadas a la pared. Vista la foto a la luz de las recientes declaraciones de Yolanda Pantin, es como si cada una de esas manchas negras correspondiera a esas voces que van con ella siempre. Sus poetas mayores.

“No escribo con ideas sino con lenguaje”

La noticia del reconocimiento a Yolanda Pantin produjo una profunda alegría en Venezuela. No es, por cierto, el primer galardón de relevancia internacional que distingue su trabajo. En 2015, obtuvo el premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, que se concede en Aguascalientes, México; en 2017, el Premio Casa de América de Poesía Americana.

Pauto con ella una entrevista telefónica para hablar de la fotografía. Sus respuestas son breves, entrecortadas. Yolanda no es muy parlanchina que digamos, pero, además, se encuentra en Turmero, estado Aragua, y la conexión de internet es infame. “No recuerdo especialmente el día de la foto”, dice, “pero fue tomada en una sala de exposiciones en el MAO (Museo Alejandro Otero), en Caracas, donde había una exposición  de Alfred Wenemoser. De ese día recuerdo la alegría de Lisbeth [Salas] y el momento cuando descubrimos el lugar de la toma. Fue fantástico, porque planteaba una locura: sillas en el aire y yo tan seria”.

—¿Por qué estabas vestida así (de chaqueta)?

—Tenía esa chaqueta porque el Museo era helado. De manera que esa chaqueta de cuadros no solo es elegante sino muy abrigada. No recuerdo haberla comprado…creo que fue una ‘chiva’.

—Tu cara, a quién se parece. A quiénes ves en ella.

—Tengo un aire de mi mamá pero también de mi papá, porque ellos son primos hermanos de doble vínculo. El pelo recogido es de mi mamá, que siempre y hasta el día de hoy, lo lleva así. No puedo sino aceptar y acentuar mi parecido físico con ella. El cabello recogido me da identidad.

—Cuando dices “Turmero”, a qué te refieres (ademas, desde luego, de lo sabido).

—Turmero es el lugar de mis padres. Eso encierra todo

—¿Cómo ha sido tu relación con las artes plásticas?

—Yo nací con una vocación definida desde niña, quería ser “artista”. En mi familia hay artistas, mi bisabuela paterna era pintora de oficio. El recuerdo más temprano que tengo de mi mamá es ella pintando una vieja estación de trenes en Maracay y yo al lado con mi caballete. De hecho, pasé por escuelas de arte.

—¿Qué hacías en el tiempo en que fue hecha esta fotografía?

—En ese momento era directora de Museología del MAO, un cargo de responsabilidad muy grande (trabajé allí en los años 90, como parte del equipo de Tahía Rivero y Vasco Szinetar, y renuncié después de que lo hiciera Tahía y antes de que nos botaran). Y escribía los poemas del libro ‘La quietud’ [que sería publicado al año siguiente, en 1995]. Escribía a cualquier hora. La poesía es un mandato. En unas libreticas que cargaba en la cartera. Muchos de los poemas de ‘La quietud’ los escribí en la autopista entre el museo y mi casa. Un trecho larguísimo.

En las colas. Y si no había colas y venía la línea de un poema, me paraba.

—¿Cómo sabes que una idea merece ser escrita?

—Cuando viene con lenguaje. Una no escribe con ideas sino con lenguaje

—¿Cómo está el MAO en la actualidad?

—No sé cómo está el museo, pero sí sé cómo lo dejamos, lo que pusimos en él para hacer un museo de arte contemporáneo latinoamericano bajo la figura rectora de Alejandro Otero. Un proyecto articulado, bien pensado por Tahía Rivero y su equipo. Dejamos las bases de una colección cuyo destino era crecer (los museos son sus colecciones). No he vuelto al museo, pero mantengo relación de amistad con muchos de los compañeros de ese equipo. Compañeros orgullosos de la institución que logramos levantar, a quienes recuerdo con admiración, gratitud, y cariño.

—¿Tú crees que Venezuela es un país destruido?

—Casi. Pero doy fe de que en su gente está vivo.

“Aportaba una mirada especial del hecho visual”

La curadora Tahía Rivero desempeñó la dirección del MAO entre 1994 y 1999. A ella y a su euipo se le debe la configuración del perfil de ese museo, en su doble naturaleza, el legado de Alejandro Otero y la difusión y estudio del arte contemporáneo, tanto venezolano como continental. Es en esa época cuando la institución se abre a las expresiones artísticas del momento, entre las que se cuenta la instalación.

Al pedirle a Tahía Rivero un comentario sobre esta fotografía, dice: “La participación de Yolanda Pantin, en el equipo de Investigación y curatorial del Museo Alejandro Otero, fue crucial, porque ella aportaba una mirada distinta, desde otra perspectiva, al hecho visual; y mucho de la compleja personalidad de los artistas contemporáneos con quienes trabajábamos quedaba evidenciaba en los planteamientos que hacía Yolanda. De tal manera que esa percepción, esa perspicacia, esa intuición en torno a un tema que para otros curadores, entre quienes me incluyo, no era tan relevante, para ella sí lo era y así lo destacaba, haciéndonos ver las obras con otra mirada, la suya”.

—Y no me estoy refiriendo -sigue Tahía Rivero- a que Yolanda incluyera la literatura como posibilidad de explicaciones del hecho visual. No. Por el contrario, era ella aportaba una interpretación de la cotidianidad, que en el arte contemporáneo es crucial, porque de lo que se trata el arte contemporáneo es de reinterpretar la controversia actual, la mixtura, la yuxtaposición de temas que en él coinciden. Aparte de que era un placer con Yolanda, que es un ser humano maravilloso, sorprendida permanentemente con los artistas. Sus aportes fueron invalorables. Desde luego, también en el ámbito de nuestras publicaciones.

“Para mí, Yolanda Pantin representó una persona idónea, de confianza, con quien discutía cualquier asunto, tanto gerencial como metodológico, así como problemas diarios del museo. Tenía en ella a alguien con criterio, en quien podía confiar, y cuya opinión siempre valoré. Me ayudó a salir adelante en momentos difíciles. Recuerdo, por ejemplo, el día en que apareció una entrevista que me habían hecho. Yo estaba muy descompuesta, porque la entrevista era muy superficial, un poco tonta. Me habían atribuido cosas que yo no había dicho. Yolanda fue la única que entendió mi malestar y la importancia que algo así podía tener”.

Las sillas voladoras

A más de 20 años de aquella exposición, Tahía Rivera recuerda con nitidez que, para su elaboración, “Alfred Wenemoser cambió los elementos que defienen el museo. Por ejemplo, cambió la textura de ciertas paredes, eliminó otros, como el rodapié. Esas son las intervenciones que hace en el espacio Alfred Wenemoser. En este caso, las sillas dispuestas de otra manera, en el aire, alteran la natural percepción, la cotidiana, de cómo debe estar una silla sobre un plano”.

Alfred Wenemoser nació el mismo año que Yolanda Pantin, 1954, pero en Graz, Steiermark, Austria. Vive en Caracas desde 1980. Su obra incluye lenguajes diversos, como la instalación, las acciones en vivo, la fotografía y el video.

La instalación que muestra la fotografía de Lisbeth Salas había formado parte de la Bienal de Guayana, donde Wenemoser se había alzado con el premio. Tenemos, pues, en esta imagen, dos ganadores. Su título era: RM Guayana 2; esto es, Represa/Mausoleo Guayana 2.

—La exposición -evoca Wenemoser- venía de la Bienal de Guayana, Ciudad Bolívar. Para el MAO realicé esta segunda versión de RM Guayana. Tenía un monitor de video, que estaba colocado en de las sillas plásticas negras del museo; había un segundo grupo de sillas, en varias filas, metido en el rincón; y el tercer grupo en forma de circulo fijados a la pared, en círculo.

—¿Cómo hizo para fijarlas a la pared?

—Atornillé las tapas de las patas a la pared.

—¿Qué cree usted que veían el público en esta obra?

—Algunos ven, en una silla vacía, la ausencia de una persona.

 

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