/Las casas (muertas) de Adán, en El Paraíso de Ricardo Peña
El Paraíso (Carmen Araujo Arte, 2014), de Ricardo Peña. Cortesía Manuel Vásquez Ortega

Las casas (muertas) de Adán, en El Paraíso de Ricardo Peña

Por Manuel Vásquez-Ortega

En la entrega #54 de la serie “Apuntes sobre el fotolibro” compartimos el texto que hace el arquitecto e investigador Manuel Vásquez Ortega sobre El Paraíso, de Ricardo Peña Bacalao. Fue impreso en los talleres Intenso Digital C.A, bajo la Edición de Carmen Araujo Arte en 2014, con un tiraje de 45 ejemplares, enumerados y firmados.

“Todos en el pueblo hablaban de esa época. Los abuelos que la habían vivido, los
padres que presenciaron su hundimiento, los hijos levantados entre relatos y añoranzas”.
Miguel Otero Silva, 1970

Imagen de El Paraíso (2014) de Ricardo Peña. Cortesía Manuel Vásquez-Ortega

De la literatura bucólica a los manifiestos de modernidad, la reconstrucción del espacio idílico denominado “paraíso” ha sido un lugar recurrente en el cual tanto poetas como urbanistas se han detenido a reflexionar a profundidad. Así, el Jardín de las Delicias de El Bosco, los poemas de Virgilio, entre otras muchas creaciones, se presentan a través de la historia como materialización de pensadores -y culturas enteras- del edén de armonía utópica en el que inicia el relato bíblico de la humanidad.

En el proceso de abstracción de estas ideas, la arquitectura ha desempeñado un rol definitorio como medio de concreción del "lugar ideal" presente en el imaginario colectivo universal e interpretado en infinitas –más no ilimitadas– ocasiones. Con el fin de hilar estas búsquedas espaciales de un paraíso posible, el historiador de arquitectura Joseph Rykwert se pregunta a sí mismo “cómo fue la primera casa” (La Casa de Adán en el Paraíso, 1994) para comprender el desarrollo del locus amoenus (lugar ideal) coincidente desde la construcción de la cabaña primitiva hasta la concepción de la vivienda en el Movimiento Moderno, cuyos intelectuales encontraron su definición propia de empíreo urbano en la sectorización de la ciudad a partir de sus funciones: trabajar, recrearse y residir (conceptos que tomarán mayor contundencia en las teorías funcionalistas) se convertirían entonces en verbos posibles dentro de los planteamientos de la metrópolis secular del siglo XIX, cuyas premisas llegan distantes, inexactas e incluso equívocas a oídos de líderes y gobernantes que encontraron en las reformas urbanas una acción efectiva para la manifestación de su
poder…

Entre uno de estos casos se encuentra la Venezuela de Guzmán Blanco, cuyas influencias europeas en cuanto a planes de Estado hicieron especial énfasis en intervenciones urbanísticas que determinarían la entrada a una modernidad vernácula, con la estilización de espacios públicos, ampliaciones de vías de comunicación y creación de nuevos urbanismos, ideas que sobrevivirían hasta el entrado siglo, en el que, en medio de la expansión y urbanización de Caracas, una cuestión primigenia resurge entre el interés de sus planificadores: la morada ideal; así la Casa de Adán toma forma de conjunto residencial al noroeste de la ciudad para llamarse “El Paraíso”, sin temor alguno a la petulancia.

Imágenes de El Paraíso (2014) de Ricardo Peña. Cortesía Manuel Vásquez-Ortega

En este nuevo edén artificial, viviendas y lujosos espacios propios de la capital proliferarían para hacerle honor a su nombre, hasta hacer de El Paraíso un hito y emblema de la vanguardia y el buen vivir venezolano. Sin embargo, tras muchas manzanas prohibidas y victorias de la tentación, El Paraíso caraqueño pierde su rumbo en el camino de la utopía moderna para transformarse en vestigio construido del proyecto de una época, en el que la complejidad de los dilemas sociales colma –y rebosa– la evolución de la arquitectura para convertirla en un inamovible escenario testigo de su tiempo. En medio de este hecho, el fotógrafo venezolano Ricardo Peña Bacalao (1977) hace uso de su cámara para vincularse al pasado, reflexionar acerca de lo que fue y “repetir mecánicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente”, según aquella condición eterna de la fotografía según Barthes de ser siempre invisible, “pues no es a ella a quien vemos”, sino lo que en algún momento fue. A través de encuadres de canónica rigidez, Peña nos muestra entonces la actualidad relativa de algunas moradas de El Paraíso, en una serie de imágenes que se debaten entre contar lo que las arquitecturas fueron en su pasado de derroche, en oposición a lo que son en su presente de precariedad, para estructurar en la oscilación de la opulencia a la ruina el sólido discurso del fotolibro.

Imágenes de El Paraíso (2014) de Ricardo Peña. Cortesía Manuel Vásquez-Ortega

Más allá de lo absoluto de su título, El Paraíso retratado por Ricardo Peña se distancia de las interrogantes de Rykwert al dejar de lado la búsqueda de la cabaña primitiva para registrar los interiores desiertos y aparentemente deshabitados de edificaciones detenidas en el tiempo, posibles paraísos terrenales, posibles casas de Adán, posibles casas muertas, mientras abstrae y reduce a través de la cámara fotográfica las cuatro dimensiones del espacio y tiempo a las dos dimensiones de un plano. Ahora bien, como observadores, al desplazar nuestra mirada sobre las superficies de la imagen, un único fin parece ser el objetivo: reconstruir las dimensiones abstraídas (Vilém Flusser, 1990). En este proceso propio de la imaginación, nuevas preguntas surgen en pos de descifrar el contenido de las fotografías de Ricardo Peña, en las que el autor nos muestra la intimidad anónima de un lugar a través de sus habitaciones, ventanas y detalles: ¿dónde están estas casas? ¿Quiénes vivieron en ellas? ¿Existirán aún hoy? Pero estas preguntas son superadas por la capacidad narrativa del fotolibro, en el que las atmósferas capturadas por el dispositivo analógico de Peña se convierten en un relato silencioso cuya observación en sí misma emerge como el acto casi mágico de poblar sus ruinas tal escena de Otero Silva:

“Había sido una casa de dos pisos y las vigas rotas del alto apuntaban por sobre
las ramas de los árboles como extrañas quillas de barcos náufragos. Una casa muerta,
entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época
desaparecida”.

Imágenes de El Paraíso (2014) de Ricardo Peña. Cortesía Manuel Vásquez-Ortega

Al ser un producto de la cultura en la que se inserta, la arquitectura tiene la capacidad de contar y esconder los episodios históricos en los que inevitablemente se ancla como un archivo de vivencias. En El Paraíso de Ricardo Peña Bacalao encontramos entonces el registro de un progreso posible en edificaciones condenadas a la categoría de patrimonio arquitectónico, monumento de una modernidad inconclusa o cenotafio de una época dorada, que nos recuerda que las utopías –a veces– llegan a edificarse. Mientras el tiempo pase y las ruinas se conviertan en polvo, las fotografías de Peña servirán para reconstruir o proyectar la imagen viva de una ciudad muerta; entre tanto, Adán parece continuar en la búsqueda de su morada ideal, que en definitiva ya no está en El Paraíso.

El Paraíso de Ricardo Peña Bacalao fue impreso en los talleres Intenso Digital C.A, bajo la edición de Carmen Araujo Arte en 2014. Cortesía Manuel Vásquez-Ortega

 

Referencias: 

BARTHES, Roland (1989). La Cámara Lúcida. Ed. Paidós Ibérica SA. Barcelona, España.

FLUSSER, Vilém (1990) Hacia una filosofía de la fotografía. Editorial Trillas, México.

OTERO SILVA, Miguel. (1975) Casas Muertas. Editorial Seix Barral, Caracas.

RYKWERT, Joseph (1994). La casa de Adán en el Paraíso. GG Editorial, Madrid.

 

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