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Puerto Cabello : Tarjeta Postal ©Archivo Fotografía Urbana

El amigo peruano

Por Archivo Fotografía Urbana

El amigo peruano se llamaba Juan, y nunca supo que perecería ahogado en el mar Báltico. Pero estando en Craiova (en Rumanía) salimos a caminar por los rieles del tren en una noche con nieve que endurecía la tierra. Caminábamos buscando los pequeños bares de los obreros ferroviarios, muchos eran gitanos aceitunados y cualquiera podía lanzar un adoquín a cincuenta metros. Mientras nosotros solo dábamos traspiés hasta llegar a un lugar donde los rieles se interrumpían por unos arreglos en la vía férrea: cada tres durmientes de concreto había un hueco como una fosa oscura. La vida se anuncia, de manera imprevista, porque Juan se arrojó a una de las fosas. Éramos tres (sí contara a mi sombra), aunque Juan me grito fue a mí: —Igor, lánzame tierra encima, que muero en Craiova. Traté de borrar aquella chanza con un gesto, pero él insistió: —¡Lánzame una palada de tierra! Y apenas dejé caer un terrón petrificado, con mucho asombro. Luego Juan resucitó de su fosa y seguimos bebiendo de una botella de vodka Stolichnaya: lo que era real perdía su gravedad, o de pronto lo nimio adquiría una nervadura inesperada. Así logramos llegar al bar de los obreros ferroviarios. Festejamos y vomitamos al retorno, apoyándonos uno en el otro como dos eslabones de metal. La vida es así, y no puede ser de otra manera.

 

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