/Para dar con Henrique Avril (y IV)
Niñas en la plaza, s/f: Henrique Avril ©Archivo Fotografía Urbana

Para dar con Henrique Avril (y IV)

Por Fernando Rodríguez

Pasa un fenómeno curioso con ciertas fotografías antiguas (y recientes también, pero eso nos llevaría muy lejos) y es que se entrecruzan los valores de belleza que les atribuimos con su carácter de revelación de una realidad que vemos por vez primera. Aquí, en la Venezuela del siglo XIX y comienzos del XX, Avril no es un reportero como se ha dicho, es un descubridor apasionante. Se dirá que eso suele pasar también con todas las artes icónicas, milenarias, pero con la salvedad, que probablemente ya hemos visto lo que ahora vemos en la nueva recreación, o al menos temas similares. Y que tras esta no hay sino una analogía limitada o imaginativa, no la realidad que ofrece la reproducción fotográfica. Y si a ver vamos, con desigual relación por supuesto, acontece con todas las fotografías en la medida en que ninguna es igual a otra, ni los selfies que se hacen los muy narcisos. Pero hablamos de esas fotos en que junto al eventual valor estético descubrimos una realidad que nos asombra como realidad. La verdad y la belleza, son familiares muy cercanos y distinguir una de otra a ratos no es muy sencillo.

Lo de arriba no es excesivamente diáfano, mis excusas, pero imagino que señala un problema. En el caso de Avril, sí, yo me confundo. Un hotel en Las Trincheras de fines del XIX, que no tiene ningún elemento que me lo evidencie como tal, me atrapa y sorprende. Y en la medida que puedo escindir las dos cosas, no la incluiría en una antología del artista. O a lo mejor sí.

Hotel Las Trincheras, El Jabillo, s/f: Henrique Avril © Archivo Fotografía Urbana

Pero encuentro que las fotos más bellas de ese, nuestro clásico mayor del XIX, son las marinas, las escenas campesinas, las primeras imágenes de indígenas en sus aspectos originarios, las de nuestros pequeños poblados y sus pobres pobladores que, justamente, no me producen esa confusión valorativa, tienen una especie de atemporalidad, por diversas razones. Me documentan, sí, pero me seducen y conmueven ante todo.

Y agregaría que esas marinas de Puerto Cabello son sus obras mayores. No debe ser en vano que escogió el lugar para vivir su vida larga. Y no solo está el mar en abundancia en sus fotos sino ríos y playas y el propio puerto, agua y naves pues. Pero tampoco se puede dejar de subrayar con trazos gruesos que ser un paisajista en su momento y en estas tierras es cosa excepcional, salir del estudio y el retrato y la urbe y llegar lejos, muy lejos, lo que nos puede parecer familiar más de un siglo después. Es lo que lo hace, aunado a su talento, y es casi único en hacerlo con tesón.

Paisaje marítimo de Puerto Cabello, s/f: Henrique Avril ©Archivo Fotografía Urbana
Paisaje marítimo de Puerto Cabello, s/f: Henrique Avril ©Archivo Fotografía Urbana

La belleza de sus marinas pobladas de veleros son de una serenidad y luminosidad extraordinarios. Seguramente evocan el plein air del nacimiento de la modernidad de la plástica, esencialmente de los impresionistas. El alegre deleite y la aventura de la luz natural, tan distinta y distante del estudio y su dignidad estática. Ese mar sereno, siempre en los límites del cielo y esas naves ya de por sí poéticas, frágiles y escultóricas, seguramente eran su meditación metafísica. Aquella en que nada importaba sino la inmensidad y la luz y la pose de las naves de los pescadores.

Pero además resaltaría ante todo una suerte de pasión de Avril por lo simple, por la vida de todos los días, la sencillez y la humildad. Casi ninguna foto suya trata de encontrar lo curioso, lo estrambótico, la atracción temática fácil. A lo cual fue tan dada cierta fotografía y cierto cine documental en cuanto pudo, embriagados por poseer la realidad y sus desmesuras y curiosidades. Todo en él es sereno, reposado. Realista dicho de un tiempo en que este término parece una perogrullada, porque se ha encontrado el espejo perfecto del mundo.

Como si fuese el objetivo propuesto, el que hoy admiramos tanto, el dejarnos para siempre la instantánea de una joven y devastada república tratando de inventarse, entre dictadores y sangrientas rebeliones. O diría que lo mejor de su obra, aunque sea muy bueno y celebrado que haya captado algún trágico eco de las barbaridades caudillescas, es espejar ese otro país en que una dama en Las Trincheras camina en una calle polvorienta, de casas quejumbrosas y árboles frondosos con una sombrilla llevada con elegancia y donaire una tarde de un día caluroso: Proust en el trópico y la pobreza. Pobreza, otra palabra para describir su sensibilidad, pero ahorrémonos sus significados, más allá de la pasión por su entorno.

“Fotografía artística de Henrique Avril. República de Venezuela”: Tarjeta Postal ©Archivo Fotografía Urbana

Se suele decir que la foto propiamente artística en Venezuela, aquella cuyo objetivo es la búsqueda de una belleza específica que solo ella puede dar y no un aparato mecánico impersonal que se limita a hacer la fotocopia del mundo, surge casi a mediados del siglo XX (Toro, Boulton, Razzetti, Fina Gómez, Herrera…). Para mí, el primer gran artista fotográfico, personalísimo y con una Venezuela muy suya en su lente es Avril. Es un gran artista y se concibe como un artista. Cuando no hace los retratos de los neocomulgantes, los recién nacidos o los doctores de Puerto Cabello.

Es posible que también los periodistas e historiadores y antropólogos tengan sus razones, estas son las que a mí me cautivan. Los animales pueden ser propiedad del emperador y lechones o sirenas como nos enseña Borges.

 

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