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Portada del fotolibro "Imágenes de La Ceibita" de Carlos Germán Rojas, 2002

Imágenes de La Ceibita, fotografías de Carlos Germán Rojas

Por Douglas Monroy

“Apuntes sobre el fotolibro” es una serie que analiza distintos fotolibros. En su entrega #5 presenta Imágenes de La Ceibita,con fotografías de Carlos Germán Rojas, la acción perceptiva de Claudio Perna y el diseño de Waleska Belisario. El fotolibro Imágenes de La Ceibita diseñado fue publicado por el Banco de Desarrollo Económico Social de Venezuela (2002).

Un relieve en desgastadas letras en bronce junto al escudo de Caracas que se encuentra aún hoy en día frente a la Plaza Diego Ibarra, y a su espalda las gemelas torres del Centro Simón Bolívar, con orgullo anuncia que “El 1° de octubre de 1955 la población del área metropolitana de la capital de la República llegó al millón de habitantes”. En efecto, tal crecimiento poblacional ubicó a la capital entre las principales metrópolis de América Latina. Muchas fueron las razones que incidieron en tan acelerado proceso de metropolización. Entre ellas figura la política que, a partir de 1944 con el gobierno de Medina Angarita, abre las puertas del país a más de un centenar de ciudadanos europeos. A los fenómenos relacionados con la altas tasas de natalidad y a la continua baja en los valores de mortalidad, en virtud de avances médico-sanitarios, a la masiva migración interna motivada por el declive de la agricultura tradicional y al escaso poder empleador del sector petrolero. La ciudad se convertiría desde entonces en quimera y metáfora de mejores condiciones de vida para su potenciales pobladores provenientes del interior de la República, la urbe experimentó un exponencial crecimiento poblacional sin precedentes y desborde territorial, llevando al famoso profesor Francis Violich en su libro Urban Planning for Latin America a rebautizar a Caracas como la “metrópoli instantánea”.

Como quiera que se le nombre a lo largo del continente: barrios, favelas, población callampa, cantegriles o villa miseria, el denominador común fue la autoconstrucción de viviendas precarias en los límites de las zonas urbanas, en terrenos inestables, en laderas y pendientes o en las cercanías de ríos y quebradas. En consecuencia, a partir de los años cincuenta, Caracas podía ser percibida abiertamente como una ciudad en transición, porque estaba cambiando tan rápidamente y tan fuera de control que su estructura definitiva no podría ser imaginada. El barrio se convirtió en un enigmático y desconocido territorio para muchos de los habitantes de la ciudad. De allí la enorme importancia del ensayo fotográfico que hiciera Carlos Germán Rojas del barrio La Ceibita, en la populosa parroquia de El Valle, en Caracas. Prácticamente, desde su niñez vivió en el mismo barrio junto a su familia en una casa ubicada en la escalera Nube Azul, y en casa de su tío Emilio hasta que cumpliera los 22 años de edad. Su infancia transcurrió como la de todos los niños del barrio jugando y estudiando, hasta que, a fines del año de 1974, trabajando como office boy en la Torre La Prensa, conoció al destacado fotógrafo Héctor Rondón, quien había ganado en 1962 el Premio Pulitzer por la temeraria imagen del Porteñazo. Según confiesa Rojas, este fotógrafo, que al igual que él vivía en la parroquia de El Valle, le enseñó las bases para operar la cámara y el trabajo de laboratorio. Más tarde, su primo Thimo Rodríguez le regaló su primera cámara: una Olympus Trip-35.

Portada del fotolibro Imágenes de La Ceibita. Carlos Germán Rojas, 2002.

Estos episodios singulares fueron decisivos a lo largo de su vida, ya que a partir de entonces consagraron todos sus esfuerzos en torno a la fotografía. Animado por documentar su entorno durante los años que van desde 1976 a 1984, Rojas fotografió a la gente del barrio: sus amigos y vecinos en un primer momento, las fiestas de cumpleaños, los matrimonios, los niños en su juego, las partidas de cartas y dominó, retrata al grupo de mujeres embarazadas, a familias enteras en medio de su intimidad. Fotografió las infinitas gradas de escaleras que permiten remontar el cerro, entre tanto, otras fotos miran los techos de latón de las casas del barrio, mientras abajo, muy abajo, permanece la ciudad en su murmullo trepidante. Rojas ha dejado de lado la crónica policial, la delincuencia, la denuncia social, como los rostros de las limitaciones y carencias. No se trata de una visión romántica ni la trama de la exaltada epopeya que significa vivir en condiciones de minusvalía. El protagonista verdadero es el relato de la vida. Sus fotos están volcadas a mostrar la sonrisa y amistad de sus habitantes.

Sin pose alguna, sus retratos miran con naturalidad al fotógrafo, la cámara no es un instrumento importuno, de allí la franca y honesta mirada de Crisanto, el hombre mutilado de ambas piernas, la prominente figura de Mireya; Vicentica, quien con mirada piadosa enseñó a los niños del barrio los rezos para la Primera Comunión, Lourdes que es retratada orgullosa junto a su nieto, Héctor y Elizabeth, tras haber tenido una noche de parranda con sus amigos y otros tantos rostros e historias de vidas de La Ceibita. Justamente en estos rostros radica la memorable impronta de Rojas, al hacer visible la vida cotidiana de los habitantes del barrio, de mostrarnos sus espacios y moradas, sus enseres, los afectos, la dignidad, los sueños, las celebraciones y los esfuerzos por construir un mundo en el cerro. Y por encina de esto, está la fidelidad con que Rojas indaga la dimensión humana. Se trata de la visión ecuménica del interior de un universo privado, que existe dentro de las casas, en el seno de la familia y la comunidad. Pero al mismo tiempo, esta visión coloca en pugna la mirada desde el exterior, la mirada del transeúnte que al pasar por las vías rápidas de la autopista desconoce el pulso de la vida de La Ceibita, ya que únicamente alcanza a ver las aglomeraciones de techos, la paredes de ladrillo rojizo, las escaleras, el laberinto incierto y las sinuosas formas las casas que siguen la topografía de las laderas.

En el año 2004 un conjunto de 88 imágenes en blanco y negro fueron recopiladas en el fotolibro Imágenes de La Ceibita. Fotografías de Carlos Germán Rojas, con diseño de Waleska Belisario y textos de André Cypriano, Zuleiva Vivas y Claudio Perna. El último fue uno de los responsables del seguimiento y motorizador de su trabajo fotográfico. Esta publicación permitió difundir ampliamente la obra autoral de unos de nuestros principales fotógrafos contemporáneos. Sin menoscabo alguno, este trabajo fotográfico sería de los primeros y afortunados ensayos interpretativos de la vida de un barrio en el continente latinoamericano. De allí la sorprendente paradoja de que La Ceibita, uno dentro de los tantos suburbios que existen en la capital, haya traspasado fronteras y que la sonrisa de bella Lala que ahora nos pertenece a todos, sea una de las más enigmáticas y contagiosa del continente.

Vista de El Valle, Caracas, 1998. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Construyendo las escaleras, 1981. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Escaleras Los Benítez, 1980. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Jugando chapita, 1982. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Carmen Rosa, Michelle y abuela, 1981. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Hector y Elizabeth, 1979. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Escaleras Nube Azul, 1981. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Mota, Car´e vieja y sus Amigos, 1980. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Hector, Henry, Mario y Puchi, 1980. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Lourdes y Alex, 1981. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita. Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Las preñadas, 1982. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Mireya, 1979. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita. Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Crisanto. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Lala, 1982. Del fotolibro Imágenes de La Ceibita, 2002. Fotografía de Carlos Germán Rojas. ©ArchivoFotografíaUrbana.
Imágenes de La Ceibita (páginas internas). Carlos Germán Rojas, 2002. ©ArchivoFotografíaUrbana.

 

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