/Retratos, hitos y bastidores: Uslar Pietri, el parisién (II)
Arturo Uslar Pietri, de la serie "Letras latinoamericanas", 1995: Ramón Grandal ©ArchivoFotografíaUrbana

Retratos, hitos y bastidores: Uslar Pietri, el parisién (II)

Por Arturo Almandoz Marte

“El parisién es parisién y sabe lo que es ser parisién; y tiene un ideal de qué es una mujer parisién, de cómo se viste una mujer parisién, eso no se ha perdido”.

Arturo Uslar Pietri a Arturo Almandoz y Fabrizio Cecconi, “Entrevista con un mito” (1983)

1. Tras haberse desempeñado como director del diario El Nacional entre 1969 y 1974, Arturo Uslar Pietri (1906-2001) fue designado embajador ante la Unesco por Carlos Andrés Pérez, recién llegado a la próspera presidencia de la Gran Venezuela. Iniciada en 1975 y culminada cuatro años más tarde, era su segunda estadía diplomática en la capital francesa, tras haber sido agregado civil en la Legación de Venezuela a finales del gomecismo, entre el 29 y el 34. En Arturo Uslar Petri o la hipérbole del equilibrio (2005), bien diferencia Rafael Arráiz Lucca las posiciones vitales del intelectual en ambas estancias parisinas:

“Si en 1929 era un joven de veintitrés años que soñaba con escribir, a los sesenta y nueve había escrito una obra, pero soñaba con completarla, y estos años por venir en Francia serían propicios para la tarea y representaron en su vida una suerte de ‘puesta al día’ con el curso de Europa, y con los temas de su hora”.

Desde la perspectiva ensayística, esos temas incluyeron la mise à jour europea de pesquisas hispanistas, en libros como Fantasmas de dos mundos (1979) y Fachas, fechas y fichas (1982), resultantes en gran medida, como otras de las publicaciones de Uslar, de conferencias y colaboraciones en prensa. Exponentes de su búsqueda por las coordenadas culturales del ser hispanoamericano en la civilización occidental, allí se debaten cuestiones sobre la posición, identidad y contribución del sujeto social de América Latina. Así fue resumido en la nota introductoria al primero de los títulos citados, escrita desde París por el Embajador venezolano:

“Los fantasmas de este libro son algunos de los que persistentemente me visitan e inquietan, nacen del encuentro catastrófico y creador de dos mundos, el Viejo y el Nuevo, de los varios pasados diferentes, de los diferentes tiempos y espacios, de las más viejas herencias y de las más nuevas posibilidades, que son y seguirán siendo el tema fundamental de la meditación y la creación de ese extraño y predestinado hombre de la última frontera de Occidente que es el hispanoamericano”.

Fantasmas de dos mundos (Seix Barral, 1979), por Arturo Uslar Pietri

2. Una de las cuestiones retomadas por el autor en Fantasmas de dos mundos se refería a la peculiaridad y al aporte de España y sus descendientes al acervo artístico y cultural de Occidente. La cuestión resurgió por el hecho de que los hispanoamericanos y su Madre Patria habíamos sido omitidos por lord Kenneth Clark en la serie televisiva Civilisation, producida y transmitida por la BBC a finales de la década de 1960. Como para reforzar su respuesta al historiador de arte y profesor de Oxford, Uslar estableció una interesante analogía entre la posición periférica de Latinoamérica y la de Rusia con respecto a Europa occidental. Tal comparación resultaba válida no solo respecto del papel secundario de ambos bloques en el pensamiento racional o la inventiva tecnológica, sino especialmente reveladora en las manifestaciones de la cultura creativa, donde ponderó el humanista venezolano la mayor peculiaridad y el mejor aporte del ser hispanoamericano en Occidente.

“No podríamos tener, y sería totalmente antihistórico que la esperáramos, la posibilidad de una creación kantiana, hegeliana o marxista entre nosotros, pero en cambio ha habido y merece ser mejor conocida y comprendida la peculiaridad latinoamericana del pensamiento de Occidente que se ha manifestado, como lo hizo entre los rusos, más original y poderosamente en la literatura de creación, en la novela o en la poesía, que en la elucubración filosófica o crítica”.

Resulta interesante observar que, a la luz de interpretaciones coetáneas sobre la revolución como respuesta a los mitos modernos del buen salvaje y la utopía –tales como las de Carlos Rangel en Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) y del mismo Uslar en La isla de Robinson (1981)– podría decirse que el pensamiento marxista sí había tenido una reinterpretación americana, aparentemente olvidada por don Arturo en este alegato. Ello en todo caso reforzaría su respuesta al cuestionamiento tácito sobre el concreto aporte hispanoamericano a la civilización occidental.

También lo haría el autor de Fachas, fechas y fichas al recordar no solo las contribuciones latinoamericanas a Occidente a través del caudal creativo, sino también de los productos naturales, las modas y las cuestiones descubiertas por Europa en América. Desde la papa, el caucho, el tabaco y el maíz; pasando por las innúmeras especies naturales utilizadas por Humboldt y Darwin para ilustrar sus teorías de evolución natural; sin olvidar la humanidad de los indígenas, generadora del mito del buen salvaje entre los utopistas primero y los enciclopedistas después. Hasta desembocar en las revoluciones independentistas que avivaran las teorías socialistas y comunistas, mientras exuberantes escenarios americanos ambientaban idilios románticos, de Paul et Virginie (1789) de Saint-Pierre a Atala (1801) de Chateaubriand.

3. No obstante su postura hispanista respecto del continente, Uslar Pietri había planteado, por boca de algunos de sus personajes novelescos, inquietudes más particulares referidas al aporte civilizador de Venezuela como nación. No olvidemos en este sentido que –como señalara Ludovico Silva al reseñar La isla de Robinson, biografía novelada de Simón Rodríguez– la narrativa uslariana comporta un valor ensayístico. Así por ejemplo, en las efervescentes tertulias sucedidas en el despertar democrático de Un retrato en la geografía (1962), el doctor Milvo casi pareciera hablar por su creador al refutar el manido argumento de que, por ser supuestamente un pueblo joven, estaríamos históricamente excusados de no haber producido descubrimientos científicos. “Por descontado, somos mucho más viejos que los Estados Unidos o Canadá. Chicago se fundó trescientos años después de Cumaná. Ésas son las cosas que nosotros repetimos como loros”, sentenció el autor por boca de su personaje.

Además de ser falaz y engañoso, el alegato de la mocedad histórica de Venezuela resaltaba la cuestión de su unificación en torno a una gran obra de arte fundamental, que permitiera superar sus contradicciones y desfases, al menos para una nación aspirante a ser más que una factoría o un campamento. “Tal vez los países no se encuentran y reconocen hasta que se expresan en una gran obra de arte”, plantea Sormujo en la novela. Apela el personaje a los ejemplos de la Eneida y La divina comedia, en términos reminiscentes – en mi parecer – de la noción de “clásico” en tanto obra de veneración y exégesis nacional, tal como Borges cifrara en Otras inquisiciones (1952). Para ser más que una factoría, una colonia o un campamento –metáforas punzantes en medio del furor petrolero en que la novela transcurre– una tal obra de arte pareciera ser la gran forma de superar, al mismo tiempo, las contradicciones entre lo rural y lo urbano, entre el atraso y el esnobismo, contrastes observables en las afueras caraqueñas donde los personajes dialogaban a finales de los años treinta:

“Toda esa misteriosa contradicción no resuelta es la que hay que expresar. Ese país de campesinos que no se resignan a ser campesinos, de gente de ciudad, que no sabe ser gente de ciudad, de caraqueños que miran desde su aldea, con desprecio, el campo que les nace en las narices, de venezolanos que sufren de ser venezolanos. Todo eso es lo  que hay que resolver y reconciliar en la síntesis perfecta de una obra de arte”.

Si bien el cinetismo de Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez, con quienes el embajador Uslar compartió durante su segunda estadía parisina, fue celebrado por el ensayista, junto a las creaciones de otros artistas venezolanos, queda como incógnita saber si llegó a producirse, para el humanista, esa obra redentora, con la significación advertida por su personaje novelesco. Pareciera que no, al menos en el sentido de ser una “síntesis perfecta”, superadora de las contradicciones y los contrastes nacionales. Porque estos se agravarían, sobre todo en las metrópolis encontradas por Uslar a su regreso de París en 1979, más deformes aún que las halladas al retornar en el 34.

Vista al Arco de Triunfo y la Plaza Charles de Gaulle, Paris, circa 1905: Autor desconocido ©ArchivoFotografíaUrbana

4. Es bien sabido que una de las letanías de Uslar Pietri apuntaba a la desordenada manera como las ciudades venezolanas habían estallado, con la consecuente falta de cultura urbana e identidad de sus habitantes, con especial referencia a la capital. Ya lo había resumido don Arturo en un texto sobre “Caracas”, publicado en 1960 en Veinticinco ensayos, donde uno de esos frescos históricos que solía bosquejar, cierra con el siguiente cuadro de la mutación metropolitana:

“Una transformación un poco desordenada, sin plan y sin espíritu, que tiene sus contradicciones y sus paradojas. Hay más casas y más grandes edificios, pero no hay estilo. Hay millares de automóviles y kilómetros de anchas avenidas, pero se tarda más en venir en automóvil de las riberas del Guaire a la Santa Capilla de lo que tardaba Don Diego de Losada en el mismo trayecto en su caballo. Hay más teatros, cantinas y ‘clubs’ que nunca, pero hay más soledad y menos vida espiritual que en el pasado. Hasta hace veinticinco años se sabía lo que era un caraqueño. Había un tipo definido. Era fácil hacer su retrato y más fácil aún hacer su caricatura. Hoy sería muy difícil  definir ese tipo”.

Sintetízanse aquí los motivos recurrentes de la crítica uslariana a Caracas y la urbe venezolana en general, a saber: la transformación desordenada e irreconocible. Esa denuncia bifronte era compartida con otros escritores de su generación, como Juan Liscano e Isaac J. Pardo. También lo había sido por algunos cronistas de los techos rojos, incluyendo a Mario Briceño Iragorry, Enrique Bernardo Núñez y Guillermo Meneses, sobre todo en lo concerniente a la falta de conciencia patrimonial.

Pero llama la atención que, para reforzar el contraste, Uslar se apoyara en los ejemplos de megalópolis como París, Londres y Nueva York, cuando la pérdida de identidad de estas había sido duramente denunciada por filósofos de la historia citados con frecuencia por el humanista venezolano, tales como Oswald Spengler y Arnold Toynbee. Más aún, el alegato uslariano contra el desarrollo anárquico ocurrido en nuestras ciudades desde la segunda mitad del siglo XX, especialmente en términos de viviendas sin orden ni higiene, se apoyaba en una concepción civilizadora, construida supuestamente sobre la definición de Toynbee. Tal como se ejemplifica en “Lo que los hombres llamaban ciudades”, recogido en Vistas desde un punto (1971), tal concepción de Uslar pivotaba sobre la ciudad como comunidad con identidad física, social y cultural, no obstante su magnitud, mientras apelaba a la contraposición de Spengler entre cultura y civilización. Sin embargo, valga hacer notar que la definición de ciudad del historiador inglés –al menos en las Reconsiderations de 1961, complementarias de A Study of History (1934-61)– no enfatizaba el rasgo de la identidad comunitaria, aunque la falta de esta es ciertamente una de las razones de la crítica a la urbanización industrial y moderna desarrollada más tarde por Toynbee en Ciudades en marcha (1970).

5. Quizás esa relativa indulgencia con las grandes metrópolis del mundo desarrollado, especialmente Londres y París, provenía no solo del acendrado europeísmo de Uslar, sino también de su probable asimilación de civilización a la noción de cultura en los referidos historiadores. Una tal acepción de “civilización” en tanto conjunto de manifestaciones enraizadas telúricamente y cultivadas de manera orgánica y balanceada se hace explícita, entre otras partes de su obra, en la postal escrita por don Arturo al visitar Portugal, recogida en El globo de colores (1975):

“Es tierra hermosa, llena de paisajes hondos, donde todo está como suavizado y pulido por la mano amorosa del hombre. Se siente una compenetración equilibrada entre el hombre y la tierra. Que es lo que verdaderamente podemos llamar civilización. Porque civilización no es solamente la abundancia de riqueza material y de medios, las muchas máquinas, los muchos dineros o las muchas novedades. Civilización es, sobre todo, esto que han hecho durante siglos los portugueses: darse a su tierra con  amor entrañable para embellecerla y perfeccionarla y crear el más hermoso equilibrio entre ellos y ella”.

En lugar de “civilización”, esta interpretación de Uslar podría asociarse más bien con la fase orgánica y comunitaria atribuida por Spengler a la “cultura”, entendida como “la primavera de una organización ciudadana” en La decadencia de Occidente (1918-22). Por contraste, en el caso lamentable de Caracas, ni sus rascacielos ni sus ranchos podían decirse, para el humanista venezolano, pertenecientes a una comunidad urbana, sino a una ciudad y una “anticiudad” pugnantes por sobrevivir. El predominio de la “subcultura” de esta última llevó a la inexorable “ranchización de la ciudad, de su aspecto, de su carácter y de sus hábitos”, proceso del que todos fuimos culpables, según el columnista de Pizarrón sostuviera en “La anticiudad” (1980).

Allende el caso caraqueño, y lejos del sentido spengleriano, la asociación de la civilización como manifestación positiva con megalópolis del mundo desarrollado, como Nueva York, Londres y París, pareciera haber sido otro recurso uslariano para extremar y contraponer estas al fracasado devenir político y social del Tercer Mundo. Así se sintetiza en la (discutible) respuesta dada por el autor en 1983, en el patio de su casa en La Florida, a nuestra pregunta sobre la anomia y el desarraigo como características de la cultura metropolitana secular:

“Bueno, pero eso no es así, porque en Nueva York no se da ese fenómeno y creo que en Londres no se da tampoco; y en París tampoco. El parisién es parisién y sabe lo  que es ser parisién; y tiene un ideal de qué es una mujer parisién, de cómo se viste una mujer parisién, eso no se ha perdido. En una acumulación caótica como Ciudad de México o como Caracas eso se ha perdido desde hace muchísimo tiempo, no existe ni huella de eso”.

La contraposición entre los trinomios desarrollo-identidad-civilización, por un lado, y subdesarrollo-anomia-incivilidad, por otro, fue reiterada por Uslar en otra conversación que sostuviéramos en 1998, con especial referencia al caso irreversible de Caracas. Ya para entonces, esa interpretación maniquea y hasta contradictoria de don Arturo había asomado también a propósito de su fatalismo sobre el futuro demográfico de América Latina, tras la publicación en 1996 del informe de las Naciones Unidas sobre el estado de la población mundial. Si bien Uslar aceptaba que la ruptura del “equilibrio entre el volumen de la aglomeración humana y el mantenimiento de un espíritu colectivo” puede ocurrir en las megalópolis del mundo desarrollado, pareciera que estas conservaban un cierto orden y carácter propios, perdidos irreversiblemente en las “descomunales aglomeraciones, sin ningún sentido humano” del Tercer Mundo. Era la negación terminal de Uslar Pietri, el parisién, en uno de sus últimos “Pizarrones” sobre ese tema que le obsesionó, significativamente titulado “Ciudad y civilización” (1996).

 

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