/Una concentración política hace medio siglo

Una concentración política hace medio siglo

Esta imagen tiene medio siglo. Exactamente. Lo cumplió hace unas semanas. Pero conserva, con la frescura de una rosa, el júbilo y la vitalidad del momento. Parece que se hubiera tomado, pongamos, este miércoles 23 de enero de 2019, por decir una fecha reciente. Pero no. Fue captada en diciembre de 1968, en el cierre de la campaña electoral del abanderado de Acción Democrática, Gonzalo Barrios. En febrero de ese año, la convención del partido había decidido proclamarlo candidato presidencial.

La horca y el diablo

La gráfica está tomada desde el último nivel del Bloque 1 de El Silencio, mirando hacia el noreste. “Es curioso”, observa el arquitecto Enrique Larrañaga, “que no se haya tomado la vista en eje. A lo mejor fue para evitar la obstrucción de una cierta espadaña que tiene el edificio como remate en el cuerpo central y quizá fue para darle más movimiento a la composición. Esta toma permite, en cualquier caso, ver las torres del Centro Simón Bolívar, en la esquina superior derecha, y la continuidad hacia la avenida Bolívar, de donde procede la salida del túnel que se ve en la parte central, a la derecha. Y hacia la izquierda, cerrando la esquina de la plaza, el Teatro Junín”.

Diseñado por el arquitecto norteamericano John Eberson, el Teatro Junín, que debe su nombre a la batalla del mismo nombre (Perú, 1824), fue inaugurado el 21 de julio de 1950 como parte de la renovación de El Silencio. La noche de su apertura, el edificio, de estilo Art Deco, iluminó encendió con letras de neón que anunciaba la película animada de los estudios Walt Disney, Cenicienta. Construido por la firma Velutini & Bergamín C.A., según explica el portal IGV, “valoriza el espacio urbano de la plaza, con un cuerpo vertical curvo de seis plantas, soportado por tres columnas que permiten el acceso al hall de doble altura. Bajo la marquesina, el acceso conduce a un vestíbulo circular. Una magnífica escalera lleva al foyer del balcón. […] Con capacidad para mil 218 espectadores, marcó el inicio de la construcción de los teatros de lujo. Este monumento arquitectónico ha sufrido innumerables maltratos y desafortunadas intervenciones, a pesar de haber sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación. Sus planos forman parte del John and Drew Eberson Architectural Records Archive, que se encuentran en el Wolfsonian Florida International University Museum”.

En un costado de la estructura se ve el aviso de Radio Rumbos, que tenía también su sede allí.

El programa de este día incluye dos clásicos. El western La marca de la horca, dirigida por Ted Post y protagonizada por Clint Eastwood como Jed Cooper, el tipo imperturbable que se salva por un pelo de morir ahorcado. Y La brigada del diablo, con la dirección de Andrew V. McLaglen y un reparto encabezado por William Holden y Cliff Robertson. Las dos películas, ambas norteamericanas, fueron estrenadas en los Estados Unidos ese mismo año, 1968.

El antiguo arrabal

La concentración tiene lugar en la Plaza O’Leary, cuyo flanco oeste está puntuado por las arcadas comerciales del conjunto residencial El Silencio, diseñado por Carlos Raúl Villanueva, y construido entre 1942 y 1945, en el gobierno del general Isaías Medina Angarita.

En 1567, cuando Caracas tenía poco tiempo de fundada, al área donde hoy está El Silencio le pusieron el nombre de El Tartagal. Durante siglos, el lugar fue asiento de las irregulares y gentes de mal vivir . Era, de hecho, un arrabal donde se iban amontonando los contingentes llegados a la capital por impulso de la migración. Llegó un momento que era un erial, poblado de casuchas, un suburbio semi-rural, insalubre, miserable y peligroso, a pocos metros del centro político y financiero del país. “Una especie de lacra sanitaria dentro del corazón de la ciudad capital…”, dice en Desarrollo Urbano, vivienda y Estado. De los 331 calamitosos inmuebles de la zona, 57% se encontraban en estado clausurable. “Los niños juegan aún en los pocos metros cuadrados que quedan disponibles ente los tabiques de hojalata, los cuales vienen a suprimir los últimos espacios libres. (…) La tapia, la cal y el techo de zinc han recubierto insensiblemente los espacios libres de la manzana antigua”, escribió Ricardo de Sola en La Reurbanización El Silencio Crónica 1942-1945.

Cómo sería el desastre que suele decirse que el nombre El Silencio le quedó luego de una epidemia que mandó a todos los habitantes de la zona al cementerio. “Diez personas viviendo en una completa promiscuidad”, escribió Pedro Berroeta, en el diario Ahora, el 27 de noviembre de 1941, “en una sola pieza, ínfima, sin ventilación, inhabitable. Una casa de prostitución donde hay siete personas y un niño de un año. Otro prostíbulo cuya sirviente vive en un único cuarto con sus tres hijos (…) Una casa de tolerancia donde se ofrece una mujer pública, casi una niña, de 22 años, con lesiones abiertas en manos y piernas, y dos grandes úlceras purulentas en la parte superior de los muslos. (…) Casas de vecindad, de hospedaje, prostíbulos, donde pululan muchachas que no pasan de los 25 años -las más de 19- todas prostitutas o en camino de serlo, prontas a ser marcadas con las terribles cruces de la sífilis antes de ganar la definitiva que marcará, quizás, el único reposo que hayan conocido”.

El 25 de julio de 1942, fecha aniversario de la fundación de Caracas, el general Medina Angarita se dejó de zoquetadas y empezó la demolición de aquella zona roja, campeona en enfermedades venéreas de la capital. Sus 3.022 habitantes, (El Silencio era uno de los sectores más densamente poblados de la ciudad, vivían en 331 “construcciones macilentas e infectas”, que diría Pedro Berrueta, distribuidas en 32 botiquines, 42 prostíbulos, 49 casas de vecindad, 9 hospedajes.

–Mi deber como Presidente –declaró Medina Angarita en entrevista periodística, en 1942- es buscar, en todo cuanto esté a mi alcance, la felicidad del pueblo venezolano. Esto es muy amplio, hay necesidad de concretar ciertas cosas, de seleccionar esfuerzos para empezar por los más urgentes. Creo que nuestros problemas básicos son: sanear, educar y poblar…”. Este acto oficial de puesta en marcha de la piqueta demoledora, el primer mandarriazo quedó en manos del primer mandatario nacional, quien arremetió contra la destartalada casa Nº 23, ante cientos de asombradas personas.

Las labores de construcción se iniciaron el 4 de enero de 1943, con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva como encargado de su diseño. El Bloque N° 1, desde donde se tomó esta foto, fue iniciado en febrero de 1944, pero el primero en ser inaugurado, el 5 de julio de 1944, fue el N° 7.

Finalmente, tres años después, el 26 de agosto de 1945 fue inaugurada la Reurbanización El Silencio, con 7 bloques de cuatro, seis y siete niveles, y dos plazas, la O’Leary en el centro y la Miranda, al este.

“Adeco es adeco…”

Este mitin, como era común en aquellos años, era nocturno. Por eso están dispuestas esas luces especiales en los altos del bloque que vemos en el centro superior de la foto, que aparece haber sido tomada al final de la tarde, antes de que caiga la noche. Antes de que llegue el candidato.

En este lugar se habían hecho también los mitines de otros candidatos, incluido el de Caldera, rival con más oportunidades de arrebatarle Miraflores al partido de gobierno.

Las elecciones tuvieron lugar el 1° de diciembre de 1968. Gonzalo Barrios se midió con cinco contendores, entre los que descollaban Rafael Caldera, de COPEI, Miguel Ángel Burelli Rivas, apoyado por el FDP y el FND, y Luis Beltrán Prieto Figueroa, del MEP. El adeco no la tenía fácil. Había una matriz de opinión según la cual Acción Democrática, que ya había gobernado dos periodos seguidos, no debía continuar en el poder. Además, el partido había encajado fracturas que habían mermado su base de votantes.

En un disciplinado intento de apoyarlo, el ex presidente Rómulo Betancourt se presentó a este mitin y en su discurso pronunció una de sus más célebres frases. En alusión a los compañeros que habían abandonado el partido y para removerles sentimientos atávicos, dictaminó: “Adeco es adeco hasta que se muera”.

En este proceso electoral de 1968 hubo un aumento del 22,77% de la población electoral, con respecto a elecciones de 1963. Era un notable descenso en los índices de abstención, al tiempo que aumentó también la participación de actores políticos, fomentada, precisamente, por el surgimiento de nuevas fuerzas que habían atraído a aquellos antiguos adecos que Betancourt quería pastorear de vuelta al rebaño. Se vivía, pues, un ambiente de consolidación del protocolo democrático tras el derrocamiento de la dictadura en 1958.

Gonzalo Barrios perdió. Pero por poco. Rafael Caldera ganó con 1.082.941 votos. Gonzalo Barrios obtuvo 1.051.870 (31.071 de diferencia); Miguel Ángel Burelli Rivas, 829.397 votos; Luis Beltrán Prieto Figueroa, 719.733 votos; Alejandro Hernández, 26.086 votos y Germán Borregales, 12.963 votos.

El 11 de marzo de 1969, el presidente saliente, Raúl Leoni, le puso la banda presidencial a Rafael Caldera, el entrante. No era solo un cambio de mando en el marco institucional, producto de las urnas electorales, sino la primera transferencia entre representantes de distintos partidos y de diferentes cuño ideológico. No hubo amenazas, arrebatones ni muertos en protestas. La democracia de Venezuela ya era adulta. Había alternabilidad en el poder, los cuarteles estaban tranquilos y la Constitución conservaba su integridad.

Ese es el ambiente de distensión y confianza en el porvenir que evapora de esta imagen.

 

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