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Un mediodía en Maracay

Por Milagros Socorro

Todo está bien. Nada está fuera de control. La imagen de Luis Felipe Toro capta a Juan Vicente Gómez en un acto oficial, alrededor de 1934, con expresión de aplomo y profunda satisfacción.

Por la luz diurna y el hecho de que se encuentran a la intemperie, en un lugar de frondosa vegetación, quizá una avenida, cabe pensar que asisten a un desfile que los militares y algún alto funcionario contemplan a espaldas del Benemérito, mientras este y un cercano colaborador lo atienden en sendas butacas de cuero. El vecino de asiento puede ser Pedro Rafael Tinoco, ministro de Relaciones Interiores desde 1931 e instalado de tal forma al entorno íntimo del dictador que, según anotó el historiador Manuel Caballero, “en su lecho de agonía no dejó de dar órdenes a Pedro Rafael Tinoco”.

Aunque los poderes tenían sede en Caracas, los ministros solían concurrir los viernes a Maracay para presentar cuenta; y muchas veces era en la capital aragüeña donde se celebraba el Consejo de Ministros. En esos fines de semana era mucha la gente que se dejaba caer por Maracay para ponerse cerca del poder, que tanto entibia, mucho más en una era en que un solo hombre controla todo, incluidos bienes, vidas y destinos. A la izquierda de la imagen puede verse el interés que despierta el documento (parece ser una lista) que hojea un burócrata con una pluma en la mano derecha.

Para ese momento, Gómez tiene un poco más de un cuarto de siglo con el país bajo su férula. Ha cancelado en su totalidad la deuda que la república arrastraba desde la Independencia y el 1º de febrero de ese año, 1934, la moneda nacional ha sido revaluada de Bs. 5 a Bs. 3.90. Los venezolanos son, pues, 30% más ricos gracias a su administración. La insurgencia ha sido controlada, en el territorio nacional no se mueve una hoja sin que los telegrafistas corran a comunicárselo y, encima, ha amasado una formidable fortuna personal. Por qué no va relajarse en el confortable sillón de cuero mientras pasa la vida y él se rodea de gentes de todas las clases, a quienes organiza en derredor según su divisa “ni tan lejos, ni tan cerca”.

Un año después, en diciembre de 1935, todo ese orden quedará barrido con su muerte en lecho de enfermo. Habrá cumplido 27 años de gobierno férreo, siempre desconfiado de las camarillas, aunque hayan sido personalidades del mayor prestigio intelectual quienes integraron sus gabinetes. Tras su desaparición, la riqueza que le otorgaba ese aire de gran señor y amo de inmensas propiedades, que Luis Felipe Toro congela para la historia, fue confiscada por decisión del Congreso Nacional y pasó al patrimonio nacional