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¿Secretarias? No exactamente

Venezuela. Finales de los años 40. La imagen, tomada en ángulo personalísimo, está tomada desde arriba, a medio piso de altura, quizá desde una escalera o una mezzanina.

Desde el punto de vista de un supervisor, se diría. Pero la mirada de un supervisor no sería, probablemente, con esta inclinación que nos da unas seis líneas diagonales, eficaces y vivas. El fotógrafo, por puro oficio, ha buscado la manera de darle animación y movimiento a una escena estática, que de otra manera aburriría. El leve contrapicado le da acceso a todos los personajes y, a la hora de sacrificar, ha cortado al único hombre en la escena para salvar el detalle de las sandalias de la mujer que está de pie.

Las mujeres oficinistas son la novedad, la noticia y el asunto. Mujeres incorporadas al trabajo fuera de casa. Se han formado para este oficio y están al día en el manejo de la tecnología. Los vestidos son claves para afinar el cálculo del año en que se tomó, quizá también el ventilador la esquina superior derecha que nos informa, de paso, que en esa oficina no hay aire acondicionado porque no se necesita, lo que refuerza la certeza de que esto es en Caracas, aunque podría ser en cualquier oficina de la Venezuela petrolera.

El aparato grande es una máquina tabuladora e impresora, el primero de todos los sistemas de manejo mecánico y masivo de datos que vendrían luego, es decir, estamos ante la abuela –la Lucy- de las computadoras. Funcionaba mediante tarjetas perforadas y había demostrado su eficacia para contar y ordenar datos tan grandes como el del censo de población de los Estados Unidos en 1880, cuando hizo su debut de la mano de Herman Hollerith, su inventor. La compañía de Hollerith (Tabulating Machine Company) fue una de las tres que se fusionaron en 1911 para dar a luz a la International Bussiness Machines (IBM), que ya para la época de la foto había expandido su mercado por todo el mundo, al punto de que Thomas Watson, el director general se ufanaba de que “el sol nunca se pone en los productos IBM”. El sistema de tarjetas perforadas empezaría a perder terreno en la década inmediatamente posterior, con la aparición de los primeros ordenadores, y se dejó de utilizar en los años 70.

Así que, con toda seguridad, esta máquina es una IBM; y conviene atender a este detalle, porque si hay algo revolucionario en esta imagen es la presencia de este avance tecnológico y del hecho de que lo alimenten y manejen mujeres. Eso ayuda a entender mejor por qué el fotógrafo privilegia la tabuladora y la mujer que la controla, a la vez que minimiza al único hombre.

En la diagonal superior está el detalle que confirma que esto es en Venezuela y específicamente una oficina bancaria. A la derecha, colgado en la pared, hay un gráfico donde se lee “CRÉDITOS” y se ven seis mapas estadísticos de la mitad norte de Venezuela, incluyendo los municipios rivereños del este del estado Bolívar. Esta pista nos permite intuir que lo que se ve en el cuadro de la izquierda es un gráfico estadístico de barras verticales, y que los archivadores que están justo debajo, con sus gavetas delgadas, contienen fichas —tarjetas perforadas— con información de clientes y operaciones bancarias.

Las tres mujeres sentadas ante lo que parecen máquinas de escribir están en realidad operando máquinas perforadoras de tarjetas, dotadas de un teclado que permitía “traducir información al lenguaje informático de la tabuladora”. En otras palabras, las cuatro están alimentando una base de datos informática. Es un oficio moderno que les ha abierto a las mujeres una nueva e inesperada oportunidad de empleo, en la ya establecida tradición de utilizar personal femenino para labores de oficina.

Estamos en la década en que a las venezolanas se les permitió, por fin, votar. Empezaban a ser ciudadanas con derechos y responsabilidades. La adopción temprana de tecnologías informáticas nos da un contexto de cambios veloces. Las madres de estas cuatro mujeres ni soñaban con que una pudiera trabajar fuera de casa –y en faenas distintas a las tradicionalmente relegadas a las mujeres, como la cocina y la repostería, el cuidado de niños y enfermos, la enseñanza de menores- y ganar su propio dinero.

La moda del momento proclama aún una sumisión que pronto se verá cuestionada. Las diagonales geométricas del vestido más importante en la foto sugieren modernidad y desafío, pero el ruedo hasta el tobillo recuerda un control patriarcal personificado aquí por el hombre cortado; y contrariado una vez más por los reveladores pies desnudos en las sandalias.

Parecen sumisas, controladas, silenciosas como buenas alumnas y produciendo en orden, mecanizadas, pero están rompiendo con todo lo anterior. Son mascarones de proa que todavía tienen por delante décadas de pequeños y grandes machismos, paternalismo, subestima y anonimato, como les ocurrió a todas las pioneras en la programación informática. El cine y la literatura recientes están rescatando el muy relevante papel de la mujeres en los inicios de la revolución digital. Pero esta imagen no se inscribe en esta reivindicación. Al contrario. Es una más de las muchas fotografías tomadas en ambientes laborales, donde se presenta a la mujeres –sobre todo, a las jóvenes- como ese toque de gracia que decora los ámbitos fríos y severos.

Las fotografías de secretarias venezolanas, de cintura fina, atuendo de algodón pulcro y peinado correcto, constituyen todo un género. Por eso, al ver esta, concluimos que se trata de una imagen más de calendario y revista corporativa. De ahí nuestra insistencia en que ellas no son asistentes del jefazo ni la mano derecha del gran gerente.

La mirada se nos va al ventilador, oscuro trébol de cuatro hojas encaramado en una ruma de cajas. Casi lo vemos moverse de una esquina a otro, mirándolo todo. Parece reproducir los perfiles de los peinados (mujeres de cabello abundante, ondulado y negro). El ventilador nos trae los sonidos de esta oficina. Rumor de aspas, tecleo, tacones en el granito, bisbiseo de papel, gavetas de latón chirriando en los rieles. Y las voces de unas mujeres que hablan entre sí el papiamento cibernético que nadie más conoce.