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Renny Otolina y las señoras

Esta imagen, del Archivo Fotografía Urbana, fue tomada cuando fumar era sexy y cuando la credibilidad era un hecho. No solo un valor, que todavía lo es, cada vez más. Eran tiempos en los que ciertas figuras daban por hecho que lo que decían o hacían iba a misa. Tenían una fuerza enorme, en la que se cimentaba su poder. Eso es lo que comunica Renny Otolina en esta foto, donde aparece especialmente atractivo, efecto que evidentemente causa en sus compañeras de foto.

Lo rodean, de izquierda a derecha, Ida Pagliarulo, Marita Blanco, María Luisa Aguirreurreta, Huguette Benzamoun. No logramos contactar a ninguna para que nos contara de este momento y nos dijera, por ejemplo, dónde fue tomada la instantánea, de la que sabemos que data del año 60. Tampoco tenemos la identidad del autor. [Todos estos datos será bienvenidos, si alguien puede aportarlos].

En este momento, Renaldo José Ottolina Pinto tiene 31 años. Su incipiente calvicie lo hace lucir mayor, pero el caso es que había nacido el 11 de diciembre de 1928 en Valencia. Su madre, Ana Mercedes Pinto, no se repondría nunca del difícil parto y moriría casi dos años después del nacimiento de su único hijo. Su padre, Francisco Ottolina, descendiente de una familia llegada de Italia a finales del siglo XIX, terriblemente afectado por esta pérdida tardaría en atender su responsabilidad paterna, por lo que Renny sería criado por su abuela paterna y su tío Carlos, quien sería un factor clave para la formación del niño en una voluntad inflexible para lograr cuanto se propusiera.

En 1934, abuela y nieto se mudan a Caracas. Renny comenzará un peregrinar por varios colegios, que se inicia en La Salle y habrá de terminar en el San José de Los Teques. Aunque no era exactamente un buen estudiante, sus compañeros de entonces lo recuerdan como un espíritu inquieto, afanado en forjarse una cultura humanística. Y mientras avanzaba en aquel bachillerato accidentado, se ocupó de aprender inglés a la perfección.

En 1945, cuando tenía 17 años, se inicia en la radio. Específicamente, en Radio Caracas. Por esa misma época comenzó a trabajar en Bolívar Films haciendo la locución de los comerciales que se proyectaban en el cine. Allí estaría por casi diez años y esa experiencia le permitió aprender “no sólo la redacción, narración y edición de noticieros y documentales, sino también para dominar la técnica cinematográfica de producción, musicalización, iluminación y montajes”, según escribió el historiador Carlos Alarico Gómez en su biografía de Renny Ottolina, incluida en la Biblioteca Biográfica Venezolana, colección dirigida por Simón Alberto Consalvi y editada por el Banco del Caribe y El Nacional.

El 11 de noviembre de 1952 comienza la era de la de la televisión en Venezuela, que así se convirtió en el sexto país del mundo en disponer de este medio. “Al iniciarse el año 53, ya Renny Ottolina tenía un nombre conocido en toda la nación, aun cuando no disfrutaba de la popularidad que habría de alcanzar después de 1958”, dice Carlos Alarico Gómez. En ese momento compartía su jornada laboral entre Bolívar Films y Televisa, fundada en enero de 1953. Dos años después, en 1955, comienza en RCTV (Radio Caracas Televisión) y hace un viaje a Estados Unidos donde ve el trabajo de Dave Garroway, entonces el principal animador de la televisión norteamericana, de quien, según el biógrafo, “aprendió a trabajar con un guión conceptual, sin precisar detalles de audio-video, que era la rígida norma de la época, lo que le permitía mayor libertad al conductor del programa. Al volver, Renny comienza la producción de ‘Lo de hoy’, que es el programa que lo va a catapultar definitivamente hacia el estrellato.”

En noviembre de 1958, transmite El show de Renny en horario vespertino. Hacía entrevistas con personalidades, presentaba artistas, cantantes, músicos, tenía un cuerpo de baile y hacía publicidades con una audacia que convertía el cuñero en sección estelar de su programa. Al terminar la década de los 50 inaugura su hábito de trabajar dos años seguidos y tomarse el tercero para hacer viajes de exploración turística, estudios de idiomas, arte, literatura y, sobre todo, para absorber todas las novedades tecnológicas y de géneros que se registraran en los medios de comunicación audiovisual. Ese impulso lo llevará a recorrer medio mundo y también a trabajar en varios países (hablaba inglés, francés e italiano) siempre con gran éxito de público y crítica.

Sus excepcionales condiciones, su perfeccionismo, su natural orientación hacia lo nuevo y lo bien hecho, lo convirtieron en la principal figura de la televisión venezolana y el máximo vendedor de cualquier producto que anunciara.

Su gran conexión con las masas y su presencia permanente en el primer puesto de popularidad en las encuestas referidas a los medios y al prestigio de personalidades conocidas, le hizo pensar que podría ser electo presidente de la República en las elecciones de 1978 (que favorecieron al presidente Luis Herrera Campins). Y estaba en campaña electoral cuando la avioneta que lo trasladaba a Margarita se incrustó en El Ávila el 16 de marzo de 1978.

La foto tiene un encanto especial. Las personas fotografiadas están en un remanso de luz en contraste con la oscuridad en la que está sumido el resto ¿del restorán? ¿De un club? Las vigas del techo que se entrevé a la derecha y el barril decorativo que remite a gastronomía española, esa querencia tan caraqueña, nos llevan a pensar que están en un restorán. Pero no es una oscuridad tenebrosa o preocupante. Al contrario, en un instante emergerá de ella un mesonero jovencito con tragos o tequeños. Alguien acaba de decir algo gracioso, probablemente el propio Renny, quien hizo de su ingenio y buen humor una marca personal.

Hoy en día el fotógrafo habría estabilizado la foto. Esa pared que delimita el primer tercio vertical, el de la izquierda, delata el balanceo, una permisividad que está también en cierta morosa trepidación en las acompañantes, cuyas miradas y sonrisas en distintas fases de desarrollo dan vida al chiste que se acaba de producir.

Estamos en un rincón privilegiado porque ahí está él, macho alfa de vanguardia y civilización, en control de todo, gobernando la foto con la mirada en el objetivo, aportando el “punctum”, que decía Barthes, a donde la mirada del lector regresa tras recorrer el entorno.

Desde la muchacha de la izquierda, que mira con picardía a alguien fuera de escena, pasando por la dama encantadora que también mira a cámara pero sin el control que despliega Renny; a la derecha, la que acaba de hacer suyo el chascarrillo y se lo goza con ojos cerrados, en contraste con su vecina del extremo, que no mira a nadie sino al techo, mientras deja que el chiste surta su gracia. Pero volvemos a él, la composición nos obliga. Los lentes donde se refleja el flash, los brazos cruzados sobre el traje impecable, la mano firme y a la vez relajada, que sostiene el Viceroy.

Es una Caracas de lujo, a la que todo el mundo quería emigrar, empezando por la generación anterior de todos los que aparecen en la foto. Una ciudad confiada, relajada, optimista. Donde tanto los medios audiovisuales como las modas de vestuario y peluquería están a la vanguardia del mundo. Prueba de ello son los postizos y peluquines que lucen las señoras. A partir de los años 60, las tendencias se trasladan al pelo, que desde ese momento va a ser un sello de identidad, político y de grupo social. Nunca como entonces convivieron tantos movimientos culturales y perspectivas vitales, que se expresaban con la manera de llevar el pelo. Las mujeres que no querían llevarlo al descuido, como los hippies o los grunges, se hacían peinados complejos y variables, y para ello recurrían a las pelucas, que no solo les ahorraban tiempo en las peluquerías sino que les permitían incursionar en estilos que su propio cabello no les hubiera permitido.

Cuando vamos de salida, nos retiene un intruso. ¿Qué hace ahí ese trozo de tela que se le escapa a Renny a la altura de la bragueta? ¿Es el pico de la corbata? ¿Se le ha salido la camisa? Sea lo que sea, va a juego con la inclinación leve y festiva de la imagen, su condición de instantánea anecdótica, más para acompañar una crónica que una noticia, un momento de relax en un país que era feliz y no veía nubarrones en el horizonte.

 

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