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La mujer invisible

Por Milagros Socorro

Usted está viendo la muchacha con la banda de Cojedes. Si observa el fondo, le resulta evidente que la foto fue tomada en el curso de una fiesta de gala (no es que ella se puso una cinta con el nombre de uno de los estados de Venezuela y posó para la cámara de un cómplice). Ella asegura haber sido Miss Cojedes 1955 –y está esta foto, que podría servir de evidencia-, pero su nombre no aparece en ninguno de los cuadros de candidatas a Miss Venezuela 1955.

La muchacha se llama Carmen Teresa Useche Sardi. Nació en Tovar, estado Mérida, el 29 de diciembre de 1929. Su padre era el agricultor Luis Useche y su madre, la profesora de arte Lola Sardi, pareja que procreó cuatro hijos: Carmen Teresa, Ana Cecilia, Guadalupe y Juan Luis Useche Sardi.

Carmen Teresa viviría en Tovar hasta el año 1948, cuando arribó a la mayoría de edad. En su pueblo cursaría la primaria, la secundaria e incluso se graduaría de normalista, en el prestigioso colegio de monjas la Presentación. Era también una destacada basquetbolista y disfrutaba las veladas musicales por las que era famosa la sultana de Mocotíes, como suele aludirse a Tovar, pequeña ciudad que tuvo, sin embargo, una época de gloria gracias a los altos precios del café y al hecho de que, tal como escribió Domingo Alberto Rangel, para 1900 había tenido “un siglo entero de progreso incesante, donde la riqueza se había acumulado y con ella la cultura gentil de la ciudad”. Esa prosperidad se había visto favorecida por la llegada de la inmigración italiana, así como de braceros que venían huyendo de la violencia del llano, particularmente de Barinas, y de colombianos conocedores de la economía de plantación. Ya en 1870, los estados andinos se habían convertido en los primeros productores del país, que entonces llegó a ser el segundo productor de café en el mundo. A finales del siglo 19 ya tenía publicaciones periódicas, que no hicieron sino aumentar hasta mediados del siglo 20; y lo mismo ocurrió con las instituciones educativas y culturales.

Entrevistada a sus 88 años, Carmen Useche Sardi recuerda su primera juventud como una etapa idílica transcurrida en el paraíso que era entonces Tovar. “Perdona que lo diga, pero yo tenía un cuerpo espectacular porque practicaba deportes muchas horas diarias. Me encantaba ir a las fiestas que con frecuencia hacían las familias en Tovar, donde los jóvenes bailábamos y nos divertíamos. Además, yo iba siempre muy bien vestida. En Tovar teníamos acceso a las maravillosas telas importadas por la Casa Burguera, que también llevaba figurines. Puedo asegurar que las tovareñas lucíamos la moda de París a pocas semanas de que salieran en la propia capital francesa”.

La investigadora Raquel Thamar Vargas Angul explica que la Casa Burguera y Co, fundada por el empresario Elías Burguera García en 1881, era el gran establecimiento comercial en la región a mediados del siglo XX. Estructura importadora y exportadora, “en sus amplios patios y corredores, se descargaba el café de las mulas que venían desde los campos de Pregonero, Guaraque, Santa Cruz de Mora, Zea y otros sitios del interior del estado. De allí se cargaba de nuevo para llevarlo hasta los puertos fluviales, siguiendo el camino del lago de Maracaibo, en largas caravanas que atravesaban valles y ríos en jornadas de varios días”.

Elías Burguera exportaba café, suministraba energía eléctrica a la subregión, vendía implementos para el cultivo y procesamiento del café, y también tenía departamentos para vender los productos que importaba de Europa y los Estados Unidos, como víveres, mercancías secas, medicinas, vinos y licores, zapatería y telas, papelería y juguetería ferretería y muchas otras cosas. Vargas Angul afirma que la Casa Burguera “también cumplía funciones de banco, pues daba créditos a los agricultores para financiar las cosechas, créditos que eran pagados con la venta del café”.

Por qué tendría que irse de allí una muchacha que lo tenía todo en aquella ciudad rodeada de montañas, con un empleo seguro como maestra y con montones de pretendientes entre quienes hubiera podido escoger un buen partido. Muy simple. Se había enamorado de un caraqueño que había llegado a Tovar atraído por su vibrante actividad social.

Al novio lo llamaban Gregory Peck (no por feo, claro está). “Era bellísimo”, asegura Carmen Teresa. “Iba de Caracas a Tovar a bailar conmigo; y también a conversar. Yo era gran lectora de Andrés Eloy Blanco y de Rómulo Gallegos”. Se llamaba Eduardo de Pablos y era estudiante de arquitectura. Es probable que el mangazo quedó perplejo al enterarse de que su novia de pueblo había desembarcado en Caracas. Esto lo deducimos porque al poco tiempo de la llegada de Carmen Teresa se celebraron los carnavales y, en la inminencia de una fiesta en el club Venezuela, él le dijo que no iría porque debía estudiar. Mentira muy pronto descubierta, porque ella asistió como parte de una comparsa de máscaras que había integrado con sus primas. “Y allí lo vi, bailando muy acaramelado”.

La resuelta tovareña había bajado, como se decía entonces, en casa de su prima Milena Sardi, hija del médico Francisco Sardi Lupi y María de Las Mercedes Muñoz Corti de Sardi. La prima Milena Sardi pasaría a la historia al fundar el servicio de psiquiatría y psicología infantil en el Hospital “San Juan de Dios” de Caracas, en 1966, y convertirse en la primera mujer que ocupó un sillón en la Academia Nacional de Medicina.

A finales de 1953, Pérez Jiménez inaugura la autopista Caracas-La Guaira, que comunica la capital venezolana con el principal puerto y aeropuerto del país (el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar), ambos ubicados en La Guaira y Maiquetía.​ Unos días antes del evento, en casa de las Useche Sardi (porque ya su hermana Ana Cecilia, cuatro años menor, se había mudado también) había llegado una comunicación, que según la memoria de Carmen Teresa decía así: “Señorita Ana Cecilia Useche, por favor, pase por [la tienda de ropa] Selemar porque usted ha sido nombrada, por el coronel Marcos Pérez Jiménez, madrina de la Autopista Caracas-La Guaira”.

–Mi hermana Ana Cecilia era bellísima –dice Carmen-. Quien la veía quedaba prendado de ella. Tenía un cutis de porcelana y también era deportista. Nuestra madre dijo que no tenía problema en que Ana Cecilia aceptara la invitación… mientras yo fuera con ella a todas partes”.

En la foto que recoge el momento en que Pérez Jiménez corta la cinta simbólica puede verse a su derecha al ministro de Obras Públicas, doctor Julio Bacalao Lara; a su izquierda, Ana Cecilia Useche tocada con un sombrero; y detrás de esta, con enigmático gesto como de quien disfruta el pasar desapercibida, a Carmen Teresa. “Mi hermana fue con un traje de Selemar y yo con uno hecho por mí”, dice.

Meses después llegó otra invitación para Ana Cecilia. Esta vez le concedían el honor de defender los colores de Mérida en la tercera edición del Miss Venezuela (había empezado a celebrarse en 1952 y en 1954 no hubo). La madre de las muchachas volvió a advertir: “Ella solo podrá ir si Carmencita la acompaña”.

–Así fue como llegué al lugar donde hacían los preparativos para elegir a Miss Venezuela 1955 –dice Carmen Useche-. Mi hermana fue a reunirse con las otras candidatas y yo quedé ahí sin saber qué hacer. Entonces llegó una señora que se plantó delate de mí y se quedó mirándome. ‘¿Tú no quieres ser Miss Cojedes?’, me dijo y me dio esa banda que aparece en la foto. La señora, una de las organizadoras del concurso, era esposa de un magistrado.

Al preguntarle cómo es que su nombre no aparece en ninguna reseña de ese concurso, (por lo demás muy popular porque lo ganaría Susana Duijm, quien se convertiría en Miss Mundo), Carmen se encoge de hombros. “No sé por qué”, dice. “Esa foto donde aparezco con la banda de Miss Cojedes fue tomada en el Hotel Tamanaco, el 9 de julio de 1955. Yo estaba allí. Era una de las candidatas y, como me inscribieron muy pocos días antes del concurso, tuvimos que correr una tía y yo para hacerme el vestido, en el que usamos 25 metros de tul. Por cierto, el entonces presidente del estado Cojedes me envió un enorme ramos de flores, el más bello de la noche”.

Dos años después, en 1957, Carmen se casó con el artista plástico Luis Domínguez Salazar y se convirtió en Carmen de Domínguez. Ella tenía 28 años y él, 25. Estuvieron juntos 51 años, hasta la muerte de él en mayo de 2008. En ese medio siglo, Luis Domínguez Salazar desarrolló una importante carrera artística, hizo decenas de exposiciones, recibió los premios más importantes, incluido el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982, desempeñó altos cargos en la cultura y fue, en suma, una gran figura. Su esposa Carmen fue su gran apoyo. “Más que eso”, dice la doctora Nancy Urosa Salazar, artista multimedia, investigadora y docente. “¿Luis Domínguez Salazar hubiera podido hacer todo lo que hizo sin Carmen Useche?… El oficio del productor es determinante, pero poca o ninguna importancia tiene en el relato de la historia de las artes plásticas. La obra del artista afamado se presenta como una creación individual autónoma, olvidando a esa figura acompañante en su proceso creativo, que inclusive siendo también artista, acepta pasar desapercibida. Sin duda, Carmen Useche fue la productora de su marido, en quien invirtió la mayor parte de su tiempo y en sostener la familia dejando atrás los sueños de esmalte”.

Urosa se refiere al hecho de que Carmen Useche no solo estudió sino que es una gran artista. Se formó en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas, donde tuvo entre sus maestros a Alejo Carpentier (Arte Americano), Edoardo Crema (Historia del Arte), Pedro Ángel y Rafael Ramón González (Paisaje), Miguel Arroyo (Esmalte sobre metales), Elbano Méndez Osuna (Acuarela), Francisco Narváez (Escultura).

Por cinco décadas, Carmen mantuvo un empleo (como maestra de Artes y Manualidades en una escuela en La Charneca, en el colegio La Guadalupe, en Sabana Grande, en otra escuela en Las Lomas de Urdaneta y en el liceo Esteban Gil Borges; y en paralelo, en el Taller de Arte Infantil del Museo de Bellas Artes, en cuya dirección estuvo 38 años); fue la asistente, así como encargada de prensa y relaciones públicas de su esposo (en la víspera de las exposiciones de él, ella preparaba una lista de 200 personas a quienes invitaba personalmente por los teléfonos fijos de entonces). Y aún hoy muchos ignoran que ella es una ceramista de excepcionales habilidades, y esmaltista extraordinaria. Ha hecho exposiciones en Rumania, Polonia, Alemania y varios países de América Latina.

Carmen Useche Sardi es la autora del mural que está en la puerta de la estación del Colegio de Ingenieros, en Caracas. Pero eso, ¿quién lo sabe? Ella no aparece en la lista de los artistas plásticos de Venezuela. A ella nadie la ve.

 

Arriba: Carmen Useche, 1955