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La mirada profética de Torito

Hace algunos años, Herman Sifontes, directivo del Archivo Fotografía Urbana, me habló de una curiosa profesora de secundaria que dedicaba todo el tiempo que no estaba en el aula o corrigiendo tareas de los liceístas en estudiar la obra de Luis Felipe Toro (Caracas, junio de 1881, septiembre de 1955), conocido como Torito.

La profesora Linsi o Lindi Mangler –el propio Sifontes no lo recordaba para el momento en que me habló de ella- era hija de un fabricante de galletas. Era una joven alta y huesuda, de largas extremidades y un poco encorvada. Tenía una cara larga y afilada en la que destacaban sus ojos, brillantes y de mirada penetrante. “Era”, me dijo, “como si toda la energía de aquel cuerpo estuviera concentrada en los ojos, que parecían escrutar a quien tenía delante”.

La profesora Mangler había visitado a Herman Sifontes en su oficina, mucho antes de la creación del Archivo. Alguien le había dicho que él tenía una colección de imágenes de Torito y ella quería echarle un vistazo. Tenía una tesis…

–Según la profesora Mangler –recordó Sifontes- había un misterio en las fotos perdidas de Torito. Según ella, las gráficas extraviadas eran un claro atisbo del futuro de Venezuela. Todo lo que iba a ocurrir en las décadas posteriores a la muerte de Torito estaba anunciado en cierto conjunto de fotografías. Lo bueno y lo malo.

Lamentablemente, al fallecer Torito en 1955, a los 76 años, sus hijos cerraron la habitación donde estaban guardadas las fotos de su padre. Y así estuvo durante doce años hasta un día, en 1967, cuando el Concejo Municipal de Caracas quiso hacer una exposición sobre la ciudad vista por este artista. Al abrir el cuarto para buscar las cajas y entregarlas a los curadores, los descendientes de Torito comprobaron horrorizados que buena parte de los más de tres mil negativos estaba dañada.

La profesora Mangler le dijo a Herman que ella era una niña pequeña cuando su padre la llevó a ver esa exposición y jamás olvidó la impresión que había causado en el maestro galletero un par de imágenes que, según él, constituían una premonición…

Fotografía de Luis Felipe Toro ©ArchivoFotografíaUrbana

Cuando el Museo de Bellas Artes de Caracas inauguró, el 22 de enero de 1987, su muestra “Luis Felipe Toro crónica fotográfica de una época”, ella estaba entre los asistentes. Era la mujer desgarbada que se acercaba con lupa hasta el límite permitido para examinar las fotos con aquellos ojos de ave nocturna.

Por los días en que la profesora Mangler visitó a Sifontes, ella tenía bastante adelantado un libro sobre los presagios de Torito. Cuando tuvo delante las imágenes de la colección de Sifontes, sacó una lupa del bolso y empezó a ver las fotos deteniéndose un buen rato con cada una. La profesora Mangler estudiaba las imágenes de familias prósperas, los bebés sumergidos en un mar de encaje, las mujeres con ojeras y manos crispadas, las reuniones en las que reinaba Juan Vicente Gómez. Parecía olvidada de Sifontes, quien se había concentrado en unos papeles para dejarla a ella a sus anchas en su indagación. El coleccionista tarareaba por lo bajo los acordes de “Viajera del río”, del compositor bolivarense Manuel Yánez, cuando la visitante lanzó un gritico de triunfo. Su búsqueda había dado frutos.

La profesora Mangler tenía una expresión triunfante. Ahí estaba un juego de fotografías “de las de corazonada”. Eran unas pocas imágenes donde, extrañamente, no había gente, con la excepción de un obrero cuyo rostro no llegamos a ver. No mucha gente hubiera encontrado interesantes esas gráficas, pero para la profesora Mangler eran apasionantes. Sifontes asomó tímidamente su sorpresa ante el entusiasmo de la investigadora por esas fotos, de entrada carentes de encanto. Pero ella le dirigió una mirada fugaz de desaprobación y él optó por callar.

No volverían a verse. Unos días después, la profesora Mangler pasó por la oficina de Sifontes a recoger las copias que él mandó a hacer de las fotos que le habían interesado. La recepcionista le entregó el sobre y ella se marchó rápidamente. Nunca más volvió a saber de ella y, hasta donde se sabe, el libro sobre las fotos proféticas de Torito jamás se publicó.

Las fotos que estaban en el sobre de manila que Sifontes le dejó a la profesora Mangler son las tres que acompañan esta nota. Se trata de una breve serie que muestra una flota de camiones de aseo urbano de Caracas. Han debido ser tomadas en los años 30 o 40. Luis Felipe Toro empieza su actividad fotográfica hacia 1897, antes de cumplir los 20 años. Fue reportero gráfico. Sus instantáneas aparecieron en El Nuevo Diario, El Cojo Ilustrado, La Esfera, El Universal y La Religión. Por ejemplo, en 1917, fue él quien retrató a la mítica bailarina Ana Pavlova cuando vino a Caracas. Fue el fotógrafo oficial de Gómez, quien le tenía excepcional confianza. Según el Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, colaboró con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en el levantamiento fotográfico de Caracas y con el urbanizador Luis Roche; y también, por mucho tiempo, el fotógrafo oficial de la Gran Logia Masónica de Venezuela, donde ingresó en 1949.

Fotografía de Luis Felipe Toro ©ArchivoFotografíaUrbana

Los estudiosos de la fotografía en Venezuela han ponderado la penetración sicológica de los retratos de Torito, así como su interés en los gestos y evidencias de tensiones internas. Nada de eso está en estas foto, que la profesora Mangler juzgó integrantes de las “proféticas”.

Como no podemos entrevistarla, puesto que la enigmática desapareció sin dejar rastro, solo nos queda mirar estas fotos con sus ojos. Y preguntarnos por qué ella concluyó que unos camiones compactadores y unas camionetas oscuras con un letrero que pone “Aseo Urbano Distrito Federal” llegarían a tener para nosotros un significado más allá de lo que parecen, una inocente ristra de vehículos recién comprados.

¿Pudo, el masón Torito, profetizar que los camiones de basura serían un símbolo tan poderoso en la Venezuela de un siglo después de que él retratara a la Pavlova? ¿Pudo intuir en sus sueños –en sus pesadillas- que los venezolanos pobres correrían detrás de viejos y roñosos camiones compactadores para devorar los desechos; que la recolección de basura se convertiría en factor de presión política; que un régimen llegaría a quemar camiones de basura para que un alcalde opositor no pudiera cumplir con su obligación recolectora; que los residuos patológicos llegarían a desbordarse por las calles y que de allí serían escarbados por niños famélicos; que, a falta de flamantes flotillas, como las que vemos en estas imágenes, la basura mal dispuesta en las calles de Caracas llegarían al Guaire, humillado receptor de porquerías; que un ministerio del Ambiente, creado mucho después de su muerte, desdibujaría su rol regulador para ponerse a comprar unidades recolectoras y contenedores y prestar directamente el servicio y así apoyar alcaldías municipios regentados por el oficialismo… En suma, que llegaría el día en que Venezuela estaría sumida en una forma de opresión que en estas tierras se llama sucialismo?

 

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