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El puente del éxodo

Esta fotografía es un mentís a la conseja según la cual “una imagen vale más que mil palabras”. ¿Qué ve usted aquí? “Pues, un puente”, dirá usted. “Una estructura de acero y hormigón armado captada en una gráfica antigua o, por lo menos, envejecida, dado el sepia al que ha derivado el original blanco y negro”.

Efectivamente, es un puente viga. Pero, qué ve usted cuando se entera de que este es el Puente Internacional Simón Bolívar… el que une –o separa, según se le mire- a Venezuela de Colombia. Sí, ese que cruzan miles de venezolanos cada día para huir de su país.

La imagen, firmada por Foto-Arenas, debió ser tomada en días cercanos al 24 de febrero de 1962, cuando los presidentes de las dos repúblicas, Alberto Lleras Camargo, de Colombia, y Rómulo Betancourt, de Venezuela, se encontraron allí para cortar la cinta que abría formalmente el puente sobre el río Táchira. Una plancha de doble vía, con una longitud de 315 metros y un ancho de 7,3 metros, que interconecta las ciudades colombianas de San José de Cúcuta y Villa del Rosario en el Norte de Santander con las venezolanas San Antonio y San Cristóbal, en el estado Táchira.

No era, por cierto, el primer puente tendido en ese punto. Ya en 24 de julio de 1927 se había inaugurado uno, que según el dictador Juan Vicente Gómez: “Uniría los países como un gaje de cordialidad que realiza con la nación hermana. Uno de los ideales del Libertador Simón Bolívar y que sería el férreo eslabón que conservará unido para siempre los dos pueblos de aquel genio y la misma lucha gloriosa de la independencia”. El presidente de Colombia era entonces el doctor Miguel Abadía Méndez.

Aquella plataforma metálica y de una sola vía fue sustituida por la obra que vemos en la foto. El intenso tráfico fronterizo requería una nueva estructura, más amplia y firme. Un puente moderno por donde transcurriera el intercambio de pasajeros y mercancías, sobre todo las que fluían de Colombia hacia Venezuela en un tubo fragoroso de importaciones desde este país. Nadie hubiera podido imaginar, ni siquiera en las figuraciones más catastróficas, que esta graciosa armazón, que recuerda el lomo de una formidable serpiente saltarina en su estuario prehistórico, sería escenario de un doloroso éxodo –el mayor de América Latina en medio siglo-, pasto de tantas lágrimas, ámbito de desesperación.

Aquel día de 1962, pautado en conmemoración de la fecha sesquicentenaria de la declaración de la Independencia de los dos países, Rómulo Betancourt pronunció uno de sus vibrantes discursos. Empezó haciendo alusión a la construcción de la obra, al paisaje circundante y su historia; evocó la creación de las patrias unidas por esta carretera sobre el río, así como las de toda Suramérica, que tienen el sello del Libertador Simón Bolívar; postuló la erradicación del canibalismo político y la crueldad al poner en tela de juicio los ideales del caraqueño; recordó su vida en Colombia en su primer exilio y exaltó la fuerza de los colombianos y su voluntad de salir adelante democráticamente.

Betancourt valoró especialmente el hecho de que su coincidencia allí con su colega colombiano constituía un “encuentro no para zanjar diferencias, tampoco para tramar alianzas peligrosas, sino para confirmar en este acto, para convalidar con nuestra presencia, la superioridad de la convivencia democrática, de la convivencia que nace del mutuo respeto y para reafirmar con claridad que la democracia es una y que las fronteras, lejos de dividirla o fraccionarla, son demarcaciones administrativas o legales que no separan ideas ni frenan inmemoriales anhelos de justicia”.

 

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