/El Negro Ledezma y John Lange

El Negro Ledezma y John Lange

Negro Ledezma (frente) y John Lange (al fondo). Imagen del Archivo de Fotografía Urbana. Vemos un ensayo. En primer plano, un bailarín en plena ejecución de una posición imposible. Y en el fondo, el escenógrafo busca el lugar más apropiado para instalar un esqueleto de árbol (debe ser una versión muy sucinta de un árbol, porque lo que se busca representar no es exactamente un árbol sino lo árbol, una mínima muestra de la arboleda que se posee y que está a punto de perderse, con lo que también la vida va a desvanecerse. Todo esto lo explicaremos dentro de unas líneas).

La fotógrafa, Barbara Brändli trabajara sus anchas. Seguramente hizo muchas fotos, ¿por qué escogió esta, en la que no se ve bien la cara del bailarín ni del escenógrafo? Brändli reflexiona sobre la naturaleza de las respectivas disciplinas de los dos personajes. El bailarín el Negro Ledezma cuyo arte es inmaterial y en el próximo segundo va a transformarse o a desaparecer. Y el hombre del chaleco es el diseñador gráfico y escenógrafo, John Lange, formidable exponente de su arte, que consiste en ocultarse, en no atraer la atención hacia sí mismo sino hacia los otros: los autores, escritores, fotógrafos, actores…

La perspectiva escogida por Brändli deforma el cuerpo del bailarín y obliga a volver a mirar para comprender esa pierna que parece brotar como de la cintura. Esta decisión remite a la pintura expresionista y especialmente a Matisse. En esa corriente importa más el hallazgo artístico que la fidelidad a la realidad, según entiendo. La fotógrafa sitúa así al bailarín en el terreno de lo objetivamente inconcebible, pero artísticamente posible. Convierte a Ledezma en un bello garabato en movimiento. Los brazos, verticales, nos sacan de inmediato de la confusión deliberada, en la que la negrura de la malla que ciña al bailarín es cómplice del extraño y poderoso escorzo que no se produciría si la tela fuera de otro color o tuviera rayas. De manera complementaria, la sombra en el piso nos confirma la postura que hemos demorado unos segundos en comprender, la de la pierna doblada en el aire, con el muslo acortado por la perspectiva.

Henri Matisse, “Bailarina azul”, 1952

La presencia escurridiza del escenógrafo nos sitúa en un universo de creación, de ficción y fantasía, con otra sombra, esta vertical y muy precisa, que denota la presencia de reflectores laterales, en adición al cenital que crea la sombra en el piso.

El título podría ser ‘Artistas trabajando’. Uno, desarticulándose un instante en el aire, el otro dando forma. La pierna del artista solo puede ir hacia adelante, es apenas un fotograma de un giro que se completará al volver ese pie a tierra y regresemos todos a la realidad confortable y sin riesgos. Hay, entonces, un implícito reconocimiento al carácter especial, extraordinario, del artista, al que la autora nos presenta como un acróbata que se lo juega todo por la hazaña expresiva.

Los brazos, con su belleza y su fuerza, dan equilibrio a la imagen, la centran y la dividen en dos, sin que la otra presencia, a la derecha, anule la simetría. Están extendidos en cruz y la mano de arriba, abierta, recuerda en efecto, a la del crucificado. Hay vulnerabilidad en ello, vulnerabilidad masculina aunque fugaz, perteneciente solo a este momento y desmentida en parte por el poderío de los hombros.

Si acuestas la foto hacia la izquierda, parece que los dedos de la zurda rozan el suelo y dan al acróbata otro eje para girar como un compás. El hecho de que el tercio inferior esté definido por el límite del escenario, en línea con la columna vertebral del bailarín, nos dice que la fotógrafa goza de una posición privilegiada para ver al artista trabajar. Ella está de pie en el mismo escenario, quizá incluso subida en algo. Puede que hubiera preferido tener solamente al bailarín en el cuadro, y seguramente en otras imágenes de la misma sesión lo tenía, pero escogió esta pierna, esa mancha negra absurda y bella, cargada de riesgo y de transgresión, que tiene algo de pájaro , de letra y de caída.

José Rafael Ledezma Guanipa nació en Maracay el 29 de marzo de 1934. Como su hermano mayor era catire y él era el menos blanco en la familia lo apodaron El Negro. Y así se quedó. Así pasó a la historia de las artes escénicas del siglo XX de Venezuela.

El Negro Ledezma se graduó de Químico Industrial en la Universidad Central de Venezuela (UCV), al tiempo que se formaba como bailarín y coreógrafo con el maestro y coreógrafo Grishka Holguin.

En 1969 se fue a Nueva York para seguir estudios en las diferentes tendencias de la danza. A su regreso a Caracas, en 1973, la UCV lo llama para encargarle la dirección artística del Taller Experimental de Danza de la UCV, que alcanzaría un alto nivel de desarrollo técnico y artístico durante la gestión del Negro Ledezma.

Un año después, en 1974, funda el Taller de Danza de Caracas sus estudiantes del Taller Experimental. En 1991 crea la Escuela de Danza Contemporánea de Caracas. Ese mismo año es nombrado Director del Área de Danza Contemporánea de la Escuela Nacional de Danza, organismo adscrito al Consejo Nacional de la Cultura CONAC. Fue Premio Nacional de Danza de Venezuela 1994.

La escena es teatro dentro del teatro. Lo explica Antonio Constante, quien dirigió ese montaje de El jardín de los cerezos, de Chéjov, con el Nuevo Grupo, en 1977. No era un ballet, era teatro, pero en el marco de la pieza se incluía una escena donde aparecía una especie de mago en la casa de Liubova, personaje principal de El jardín… que hacía un acto dentro de la obra. “Era una mini coreografía”, dice Constante. “No era exactamente danza. Eran movimientos dancísticos. Por cierto, también había un billar. En ese montaje jugaban billar. Er una cosa muy bella estéticamente… fue un gran momento. Realmente muy notable”.

El Nuevo Grupo había sido fundado por Isaac Chocrón, José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud, Miriam Dembo, John Lange y Elías Pérez Borjas, en 1967, con objetivo de difundir teatro de texto venezolano e internacional. Su primer montaje, ese mismo año, 1967, fue Asia y el Lejano Oriente, de Isaac Chocrón, dirigido por Román Chalbaud.

–Para celebrar la primera década de actividad –recuerda Antonio Constante- se escogió uno de los grandes monumentos del teatro: El jardín de los cerezos, con una versión de Chocrón. La producción, muy ambiciosa, se estrenó en la sede del Nuevo Grupo, en La Florida, con escenografía de John Lange y Guillermo Zabaleta. Vestuario de Rita Aloisio. Movimientos coreográficos de Mario Ignisci y con mi dirección. Contaba con un reparto encabezado por Liliana Durán, Ignacio Navarro, Francis Rueda y el debut de una joven desconocida, Elba Escobar.

“A esa celebración de la primera década le seguirían otras cuatro de grandes montajes que dieron al teatro venezolano un salto de calidad imborrable en el tiempo. Títulos como El día que me quieras, de Cabrujas, Los ángeles terribles, de Chalbaud, Mesopotamia, de Chocrón, Vida con mamá, de Elisa Lerner, Prueba de fuego, de Ugo Ulive y decenas de otros títulos que dieron brillo al arte de la representación. El Nuevo Grupo, como otras tantas instituciones, se desvaneció en la tormenta política, pero esa semilla sembrada en medio siglo de actividad, germinará y dará frutos distintos y posiblemente mejores como lo exigirán los nuevos tiempos”, concluye constante.

De Izq. a Der.: Isaac Chocrón, John Lange, Barbara Brändli y el Negro Ledezma, circa 1970 / Fotografía de Autor desconocido ©ArchivoFotografíaUrbana

Chéjov le puso a su obra el título de El jardín de los cerezos no por nada. Podría decirse que la naturaleza es un personaje más de la trama. Y, por cierto, no menos trajinado y atormentado que los demás. La obra empieza en primavera. Los árboles estarían mucho más plenos que este que John Lange cambia de lugar en el escenario. Pero aún cuando el paisaje repunta paradisíaco, se siente el asedio de la oscuridad y el frío. La tempestad. El desastre. A la vez, el jardín de Chéjov es un fragmento, no es una estepa ni una posibilidad ilimitada. De allí que John Lange haya pensado en esa reducción del árbol, esa suerte de nervatura que tiene de árbol pero también de algo crispado y deshojado. Arrasado.

El conflicto de la obra radica justamente en que la terrateniente Liubova y su familia están pasando una crujida financiera y van a tener que vender sus tierras. Pero esas tierras son su mundo, perderlas equivale a perder su no su forma de vida, su vida a secas. Será condenarse a un erial. A Dios sabe qué arbusto escuchimizado. Eso que John Lange escruta. Por eso, cuando ya la tragedia está cantada, uno de los personajes anuncia: “El jardín de los cerezos ha sido vendido hoy”. Es terrible. Es como vivir para ver la destrucción del propio país.

(Esto es lo que prometimos aclarar).

John Lange Sayago fue un grande del diseño gráfico en Venezuela. Nació el 7 de abril de 1932 en la esquina de Palmita, parroquia Santa Teresa, Caracas, donde crecería con sus nueve hermanos. Graduado de bachiller, se inscribe en Arquitectura, pero lo deja para estudiar técnicas de grabado y serigrafía en el Taller de Luisa Palacios ubicado en Los Rosales (hoy Taller de Artistas Gráficos Asociados TAGA).

Como tantos artistas latinoamericanos, viaja a México para perfeccionarse en el dibujo. Entre 1982 y 1988, fue director del Instituto de Diseño, fundado por el empresario Hans Neumann en 1964. Fue asesor de diseño del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas hasta 1990, cuando se fue al Centro Cultural Consolidado director de diseño de numerosos libros, afiches y escenografías.

Aparte de su obra personal, digamos, compuesta por serigrafías y grabados, produjo más de 180 libros de arte; 106 catálogos de exposiciones; las publicaciones periódicas de El nuevo grupo (1967-1969) y la Revista M (1976-1992); 23 museografías y más de 20 escenografías para danza y teatro. Entre los libros diseñados por Lange se cuenta Sistema nervioso, fotolibro de Barbara Brändli, con textos de Isaac Chocrón, que en este momento es objeto de una exposición individual en Madrid.

Había, pues, entre el Negro Ledezma y John Lange, pareja artística y sentimental, una estrecha colaboración intelectual con Brändli y Chocrón, que es lo que muestra la foto a color, muy probablemente de Samuel Dembo, fotógrafo oficial del Nuevo Grupo.

John Lange falleció el 14 de noviembre de 2018. Tenía 86 años.

 

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