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Dos poetas amigas

Por Milagros Socorro

Hay tantos detalles en esta imagen que no se sabe por dónde empezar. El peinado casi idéntico, con el fino cabello recogido con una horquilla; la manera gemelar de sentarse con tanta vitalidad contenida que tenemos la impresión de que van descruzar las piernas para volver a cruzarlas en una coreografía de recóndito erotismo provinciano; los zapatos destalonados de Elizabeth, los mocasines con medias de Ida, que le confieren un aire de Peter Pan (ese experto en las coordenadas exactas de los niños muertos o de los que no llegaron a nacer…); la falda de corduroy, ¿dónde la habrá conseguido?, y ese enorme dobladillo, ¿lo habrá hecho para lucir las tersas pantorrillas (creo recordar que Ida estudió ballet); su camisa abotonada hasta la garganta, el relojito de pulsera, el anillo ¿de casada?, el cigarrillo recién prendido; el vestido de algodón de Elizabeth, con ese escote en v minúscula, tan recatado (tan pudorosa es que lleva un medio fondo de nailon cuya blonda, entibiada en sus corvas, alcanzamos a ver), sus minúsculos zarcillos… emana de ella un perfume suave. Y, claro, la mirada de las dos. Distraída, la de Elizabeth, habituada a ser modelo de su ávido marido, quien no pierde ocasión de devorarla con el lente; enigmática la de Ida, dueña, por cierto, del bolso de cuero cuya larga asa asoma como la cola de un gato. Detengámonos aquí, hagamos abstracción de los adornos de la consola, los souvenirs de lugares remotos (Ida fue diplomática, en 1948 fue encargada de Negocios de Venezuela en URSS), el icono bizantino, así como de la gastada alfombra y el piso de mosaicos.

Alfredo Cortina, 1960

La foto fue hecha por Alfredo Cortina, en 1960, “en el apartamento de Ida en El Pinar”, como consignó el propio autor en el envés de la foto. Aparecen las escritoras Ida Gramcko y Elizabeth Schön, esposa de Cortina y protagonista de centenares de fotografía realizadas por este. Nacido en Valencia en 1903, Cortina fue uno de los fundadores de la radio en Venezuela y escritor, con Mario García Arocha, de El misterio de los ojos escarlata, la primera radionovela del país. Hombre de gran creatividad e iniciativa, era relojero, orfebre, carpintero y, como hemos dicho, fotógrafo cuyo trabajo ha sido objeto de valoración, estudio y exposiciones en los últimos años.

Este día, Ida Gramcko tiene 36 años. Había nacido en Puerto Cabello el 11 de octubre de 1924. Hace unos días se cumplieron 95 años de su nacimiento. Y Elizabeth Schön tiene 39. Había nacido en Caracas el 30 de noviembre 1921.

Son amigas desde niñas. A los ocho años, Elizabeth estaba en una piñata y la vinieron a buscar porque su madre, que solía sufrir de jaquecas, acababa de morir. Un año después fallecería su abuela. Su padre, entonces, se la llevó a vivir a Puerto Cabello, donde la niña no conocía a nadie. “En Puerto Cabello”, le dijo Schön en entrevista a la investigadora Laura S. Leret, “vivía una colonia de descendientes de alemanes, allí conocí a Ida y a Elsa Gramcko, quienes todas las tardes ellas salían con su papá a casa de las tías. Yo las veía pasar desde el balcón de mi ventana y me decía: estas se ven inteligentes y ellas se me quedaban mirando”.

Ida y Elsa, quien llegaría a ser una importante artista plástica, eran hijas de Henrique José Gramcko Brandt y Elena Margarita Cortina Brandt (eran primos). Las tres niñas se hicieron inseparables. Leían a los clásicos, miraban libros de láminas con obras de Rembrandt, Velásquez y Picasso, tocaban el piano que había en casa de los Gramcko, porque Henrique Gramcko, al parecer, era un notable concertista, y visitaban a las tías Gramcko. En algún momento las dos familias se mudaron a Caracas y la amistad, que ya era un vínculo fraternal, persistió.

Fueron Ida y Elsa quienes insistieron en que Elizabeth conociera a Alfredo Cortina, su tío materno. “Vi”, le dijo Elizabeth a Laura S. Leret, “a un hombre de lentes, simpático y agradable. A mí me dio pena y me fui, él pregunto quién era yo. ‘Es una amiga que vive al frente’, le contestaron. ‘Pues llámala para ir a pasear’. Elsa me convenció y me metió en el carro y yo quedé al lado de él, porque él estaba manejando”. Un joven se acercó a saludarla y Cortina le preguntó que si era su novio, a lo que ella contestó negativamente. “Bueno, ahora yo soy tu novio”. Él le llevaba casi veinte años. Se casaron en Puerto Cabello, en 1938, y estuvieron juntos hasta la muerte de él en 1988. El inmenso portafolio de fotografías de Elizabeth Schön hechas por Cortina da cuenta de sus viajes, de su comunión artística y de su profunda comunicación. “Nunca he querido otro hombre”, le dijo a Leret. “Él era una maravilla. Todos los muebles que ves los hacía él. La casa vivía llena de gente. Él era un hombre agradable, inventaba charadas, inventaba cuentos y la gente venía acá a cada rato. Mi matrimonio fue una maravilla. Nunca peleamos. Cuando yo empecé a escribir él me apoyó”.

Y el alma que se alarga como un cesto

Elizabeth se tomó en serio su escritura cuando era estudiante universitaria e Ida leyó el texto sobre Kant en el que estaba trabajando. “No fue una cosa buscada” le dijo a María Antonieta Flores en entrevista, “fue un deslizamiento desde niña. Si no es por Ida, no salgo a la luz”. Para Elizabeth el criterio de Ida era muy importante. Y no era solo una cuestión de cariño.

Ida era escritora desde muy pequeña. “Nació poeta”, escribió Elizabeth Schön sobre Ida. “Su primera frase poética se la transcribió su madre porque no conocía ni el alfabeto ni los números; pero estamos seguros de un suceso demasiado intimo de su voz: ya estaba invadida de un ‘algo’ peculiar y totalmente diferente a su decir cotidiano de una niña de tres años. De esta manera, casi inadvertidamente, fue intervenida poco a poco por una inquieta pasión indetenible, inalterable que no la abandonó ni aún en su gravedad. El libro ‘Umbral’, que ganó una mención honorífica, fue el primero en editarse; ella tenía apenas doce años. En el poema titulado Amor del mismo poemario, nos deja totalmente sorprendidos leer tan bella y significativa frase: ‘Y el alma que se alarga como un cesto presintiendo el jardín’”.

En 1938, cuando tenía 13 años, Ida declamó la Sonatina de Rubén Darío en el Teatro Municipal de Puerto Cabello. Su talento y belleza ya eran conocidos para la élite literaria, al punto que Andrés Eloy Blanco escribió sobre ella: “¡Apenas una niña / y ya tendida en cruz el alma / sobre la piedra lírica! / (…) Apenas una niña / y ya sobre la piedra, acribillada”. El último verso, por cierto, es estremecedor por lo visionario. Al año siguiente, en 1939, empezó a hacer colaboraciones en diarios y revistas de Carabobo y Caracas. Una genia, sin duda. Los intelectuales más destacados del país se refirieron a Ida en términos muy elogiosos. Según recopiló Elizabeth, el poeta Benito Raúl Losada la calificó de «Catedral inmensa». Juan Liscano se refirió a ella como «monstruo poeta». Mariano Picón-Salas la comparó con Sor Juana Inés de la Cruz y la nombró “séptima musa de la poesía en los siglos de la tierra”.

Una muerte terrible

Ya casadas, Eli con Alfredo e Ida con el periodista español José Benavides (con quien contrajo nupcias en 1945), vivían en la misma calle, la avenida Paseo, a pocas casas de distancia. Y se veían a cada rato, en tertulias con amigos y en ese diálogo sin fin que habían iniciado en las calles de Puerto Cabello. Las dos escribirían decenas de libros. Las dos escribieron poesía y teatro. “Ida Gramcko y Elizabeth Schön”, escribió Leonardo Azparren Giménez, “representan uno de los intentos más novedosos en la renovación de la dramaturgia de la primera modernidad (1909-1957), con proyección en el nuevo teatro a partir de 1958”. Ida fue, además, periodista con excepcional talento para el reportaje. Las dos fueron Premio Nacional de Literatura (Ida en 1977 y Elizabeth en 1994).

Pero Elizabeth mantuvo esa metálica serenidad que podemos ver en la foto, mientras que Ida se arrojo a la sicopatía sin apagar el cigarrillo o sofocándolo en su propia piel. “Ida tuvo una muerte terrible”, dijo Elizabeth Schön, “llena de soledad. Vehemente y obsesiva, fue absorbida totalmente por la poesía. Escribiendo toda la noche y parte de la madrugada y dormía de las 8 de la mañana a 2 de la tarde. Dormía y se alimentaba mal, eso no lo resistía el organismo. Su fuerza poética, su imaginación, su lenguaje, sus metáforas… el cuerpo no resistió. El cuerpo es mucho más débil que el espíritu, sobre todo cuando es poético”.

Ida murió en 1994 y Elizabeth en 2007.

 

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