/De qué es metáfora Alfredo Sadel

De qué es metáfora Alfredo Sadel

En los mismos días en que se conoce el informe de la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, que confirma lo que ya el mundo sabía con respecto a los desnutridos en Venezuela (3.7 millones de venezolanos, según concluye la funcionaria), el destrozo de la economía, la escasez de alimentos y medicinas, así como la existencia de un escuadrón de la muerte, las FAES, creado por Nicolás Maduro, entre otros terribles flagelos, en esos mismos días comienza el homenaje a Alfredo Sadel en varias ciudades del país. Sobre todo en Caracas, donde entre el 30 de junio y el 18 de julio habrá una serie de actividades para celebrar la carrera de un cantante excepcional, reflexionar sobre las excepcionales características de su figura artística y describir el contexto histórico, político y social de su trayectoria.

La fecha no es aleatoria. El conjunto de eventos, que incluye conciertos, conferencias y un cine-foro comienza al cumplirse treinta años del fallecimiento de Sadel, ocurrido en Caracas, donde había nacido el 22 de febrero de 1930.

La coincidencia de los hechos —la divulgación del informe Bachelet y la programación en recuerdo de Sadel— constituye un nudo de significación: aún cuando Venezuela ha sido arrasada por un régimen destructor, corrupto y de una crueldad sin límites, el país se aferra a sus hitos civilizatorios, a lo más amable de su memoria. Es como si al hacer presente la figura de Alfredo Sadel se conjurara la barbarie, se espigara un hilo del cañamazo de la historia para remendar el presente, este lienzo hecho jirones.

Pero esto no es lo curioso. Suele ocurrir que las sociedades devastadas por guerras o por azotes aniquiladores se vuelvan hacia los tiempos en que no se había cebado sobre ellas el saqueo y el crimen indiscriminado, como ha ocurrido en Venezuela. Pensamos en Sadel, ponemos sus discos, llenamos las actividades proyectadas para revisitarlo, porque él es una muestra del país que fuimos, de la Venezuela amable, con más gracia que énfasis, el país creyente en el futuro. Eso, repito, lo hacen todos los pueblos barridos por la desgracia. Lo curioso es que, desde su irrupción en la escena nacional, en los primeros años 40, Sadel tuvo el mismo efecto. Al expandirse en el aire, su voz tenía el poder de crear una atmósfera de lujo, de vida agradable, elegante. Hay quien ha sugerido que buena parte de su éxito era atribuible a su aspecto físico, el de un mozo guapo, bien alimentado, de cachetes tensos que provoca recorrer con una uña para verlos temblar mínimamente. Pero esta versión se ve impugnada por el hecho de que incluso antes de aparecer en el cine o en el tablado de los teatros, cuando solo se le podía escuchar en la radio, ya esa voz de melcocha hirviente, sólida y traslúcida como un ámbar largamente acunado en tibia mano amada, producía ese efecto como de sacarnos de lo cotidiano e instalarnos en una aventura, una peripecia distinguida y mundana.

Desde sus inicios, Sadel fue la prueba de que podíamos ser a la vez urbanos y caribeños. Venezolanos y modernos. Familiares y con mesa puesta con vajilla y copas pulcras. Era lo que se inauguraba tras la erradicación del chipo, las cocinas de kerosén, las alpargatas como opción única de calzado y el macho que barajusta.

Estas percepciones se vieron confirmadas cuando el cine mexicano lo mandó a llamar para poner en pantalla un hablante del castellano de América que, además, tuviera cara de buen hijo y novio que preña, pero no abandona. Y mucho más cuando debutó en el Teatro Jefferson de Nueva York y, acto seguido, se convirtió en el primer artista venezolano en actuar en la televisión estadounidense, al presentarse en el show de Ed Sullivan.

Sortario y buenmozo podía ser. Cómo no. Pero Sadel era mucho más que eso. No por nada el tenor Aquiles Machado lo considera “un personaje de avanzada, de vanguardia […] el artista venezolano más importante que dio el siglo XX”. Artista y siglo XX. No montonero, ni chácharo, ni siglo XIX negado a terminar.

Hoy, cuando las Naciones Unidas hacen de Venezuela un retrato hablado que la muestra amarilla, flaca, barrigona, plagada de chancros y con los ojos vaciados en un mar de sangre, regresamos a Sadel y ahí está, otra vez, la promesa de civilización, el hombre que seduce (no rapta), el venezolano que toma café, apoya la taza en el platico y, desde la poltrona de la sala, mira a sus anfitriones y les agradece con una mirada irresistible y esa contagiosa fe en el porvenir.

 

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