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Cuando la justicia los alcanza

La tortura –explica José Agustín Catalá, en su libro ‘Pedro Estrada y sus crímenes’ (Caracas, 1983)– se inicia con pequeños ensayos. Muchas veces los esbirros de la dictadura “olvidaban” suministrar alimentos a los secuestrados políticos. Los dejaban de pie o sentados, días o semanas enteras. No permitían leer los periódicos, censurados por ellos mismos. Se negaba el detenido a los familiares. Pecherear, golpear, abofetear, fueron sistemática manera de interrogar para quebrar, desmoralizar, convertir al hombre en un guiñapo. […] Como aquí no se da el frío de las celdas de la Gestapo en Europa, crean un clima artificial con grandes bloques de hielo debajo y sobre los detenidos. Un frío que congele. Estrada mezcla lo telúrico y lo extraño: sistematiza la tortura. Primero una fuerte dosis de planazos para ablandar al detenido, luego pararlo durante largos días en el once, después el ring afilado como asiento de los pies. Electricidad, sed, hambre, black jack, manguera, garrote, torta, colgar a los detenidos por los pies, los brazos, quemarlos en las partes más sensibles. Todo. Además, había que crear los sitios del terror en la mente del torturado: el Junquito, Ojo de Agua, un lugar cercano a Altagracia de Orituco, los sótanos de la Seguridad Nacional.

José Agustín Catalá (Guanare 1915 ​- Caracas 2011) no solo fue un prolífico autor de amplia obra y editor de decenas de títulos, buena parte de ellos para documentar los horrores de la dictadura de Pérez Jiménez, sino que fue preso político del régimen que denunció en su momento. Precisamente por su contumacia en las acusaciones a la tiranía, él mismo fue víctima de tortura.

El 15 de septiembre de 1952 Catalá terminó de imprimir clandestinamente en Caracas, Venezuela bajo el signo del terror, de inmediato conocido como ‘El libro negro de la dictadura’, que, rastreado por la Seguridad Nacional, condujo a su detención porque exponía la minuciosa investigación de un equipo coordinado por el propio Catalá para documentar los atropellos, la censura, la tortura y los nombres de los torturados, la descripción de los campos de concentración y la valerosa conducta de la resistencia.

Su detención se produjo a raíz de la publicación del Libro Negro y después del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, perpetrado en San Agustín del Sur, el 21 de octubre de 1952.  Conducido a la Seguridad Nacional, Catalá fue interrogado por el jefe de la policía, Pedro Estrada, quien lo mandó a la Cárcel Modelo. Y un día, a medianoche, lo vinieron a buscar a la celda que compartía con Ramón J. Velásquez para llevarlo a la Seguridad Nacional.

–Nunca olvidaré la cara de Ramón, -me dijo Catalá en una entrevista-, cuando me vio salir con los esbirros. Era una cara de espanto. Se conmovió por mi situación y también se preocupó, porque yo tenía toda la información sobre el Libro Negro.

José Agustín llegó al cuartel de la policía, que estaba en El Paraíso, y lo pasaron directamente a la tortura. “No hubo interrogatorio. Me arrancaron la ropa y empezó eso… Había una tortura que consistía en obligar a los detenidos a pararse en el borde del ring de un automóvil. Para mí era terrible, porque tengo los pies planos. Me caía a rato del ring y entonces era peor, porque me caían a palos. Un muchacho me dijo: ‘Quítese la ropa”. Y él mismo me la arrancó. No podía esperar.  Me cayó a palos. Los torturadores no preguntaban nada. Vino toda la cosa. La debacle, la locura. La tortura es una locura. Eso no se puede contar. Hay que vivirlo para saber el vértigo… cómo se vuelven locos esos tipos, locos por completo. Se quitaban la correa y le daban a uno con la hebilla para que dejara marca. ‘Pásamelo, pásamelo’, le decía un torturador al otro. Daban brincos de excitación”.

Tal fue la brutalidad del castigo que, cuando Catalá finalmente fue devuelto al calabozo en la Cárcel Modelo, Simón Alberto Consalvi, quien también estaba allí, no lo reconoció. La cara del guanareño era una masa sanguinolenta. Esto ocurrió en 1953. Cinco años más tarde, en enero de 1958, Pérez Jiménez huyó en La Vaca Sagrada (cada dictador le pone nombre al avión presidencial, que considera de su propiedad) y los esbirros quedaron sin protección del alto poder. Algunos huyeron al extranjero, pero otros se las vieron con la justicia. Y entonces no tenían el tono altanero que exhibían ante un secuestrado desnudo y molido a golpes. Ante el juez olvidaban la retahíla de insultos y amenazas que prodigaban con los opositores presos. El juicio a 23 ex funcionarios de la Seguridad Nacional comenzó a mediados de 1958 y dictó sentencia el 1 de abril de 1963.

Uno de los reos por crímenes políticos fue el hombre que vemos en esta foto, con la cara tapada con un pañuelo ¿para llorar?, José Manuel Hernández Sandoval, El loco, aprehendido el 25 de enero de 1958, en Zaraza. Para este momento tiene 30 años. Soltero. Su escolaridad es de segundo año de bachillerato. “No tiene”, dice la trascripción de la declaración, “oficio definido. Desde hace años se empleó en la disuelta Seguridad Nacional”.

Según consignó el juez instructor,  José Manuel Hernández, era un sujeto leptosomo-atlético y de  temperamento ciclotímico (extravertido). Inteligente. Sagaz. Pseudólogo (mordaz). “Esta pseudología está en relación con su evidente complejo de inferioridad. Miente y exagera para llamar la atención. Su personalidad es desarmónica. No se proyecta hacia el exterior sino en la pura vivencia del yo. Es egoísta. Su egocentrismo rechaza el sentimiento nosístico (sentimiento del nosotros o de grupo comunitario) y le impone una ética laxa, acomodativa y de valores que solo se dirigen a la satisfacción de su íntimo resentimiento social (se trata de un sujeto que tuvo posibilidades y que se vio superado por los demás).

El examen psiquiátrico concluyó la inexistencia de trastornos psicóticos, lo cual lo hacía totalmente responsable ante la ley. De manera que el Loco Hernández tuvo que afrontar decenas de acusaciones, “indicios graves de que formaba parte de la sociedad destinada a cometer delitos contra personas pertenecientes a partidos políticos y desafectos al régimen”.

Entre las muchas imputaciones se cuentan: la de Raimundo Escalona Delgado, quien se refirió a métodos empleados para obtener declaraciones, tales como “plan de machete, manguerazos, magnetos eléctricos, utilizados por los oficiales de la sección Política”, entre quienes mencionó a José Manuel Hernández; la de Inocente Ramírez, quien dijo que el Loco Hernández “se jactaba de que a los detenidos se les podía hacer cantar con patadas y golpes y que él los había obligado a purgarse con aceite de tártago; la de José Evangelista Martínez, quien lo denunció por torturador y por haber participado en la violación de una hermana suya; y la de María Escalona Belandia, quien dijo tener conocimiento de que en la sede de la Seguridad Nacional, de El Paraíso, había un cuarto secreto para interrogatorios donde actuaba el indiciado José Manuel Hernández, torturando a los detenidos. El loco Hernández, dijo la ex presa política “era de la camarilla de los privilegiados y pertenecía a la brigada especial, donde estaba destinado para aplicar torturas y utilizaba rines planazos, manguera, etc”.

Finalmente, pese a tantos dedos acusadores a la cara que aquí vemos vuelta a la pared y medio embozada, el fiscal del Ministerio Público pidió que al Loco Hernández se le aplicara la penalidad comprendida en el artículo 415 del Código Penal por la coautoría en el delito de lesiones a Servando García Ponce, “llevado a cabo con brutal ferocidad y con alevosía”, y fue a prisión por cuatro años. Los otros crímenes no pudieron ser probados.

 

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