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La cola del pan

Por Igor Barreto

Fueron pocos los panes en el horno
aunque su aroma nos hizo salir del encierro.
Hace meses los gallos ahogaron el clarín de la mañana
en una olla de aluminio,
y en su lugar
mi vecino toce y canturrea
la única estrofa del himno que recuerda.
Los que duermen en la morgue
sobre los bancos del parque
se levantan y caminan;
es el último versículo
de un Nuevo Testamento:

13. 13. 2 Cuando el pan estuvo sobre la mesa
el mirlo y la urraca se comieron
hasta las migas. Lo juramos Señor.

Aún así todos los que sobreviven
se acercan:
el conserje contagiado de lepra,
las dos bailarinas con paludismo,
el capitán Arévalo en su silla de ruedas,
el celador del sótano de estacionamiento
con su linterna encendida,
los representantes del sexo fluido:
La Javiera y La Esmeralda,
el Dr. Noé de 89 años:
el hombre que salvó al mundo,
los fantasmas de amotinados estudiantes,
las aseadoras de Palacio
que encontraron dos botellas vacías:
una de liqueur de framboisé
y otra de jus de cerises,
el boxeador vencido
por la sombra de una escalera,
una mujer blanca de manos temblorosas,
el poeta que no pudo romper
un segundo en cien pedazos
(…)
Se podría decir
que en la cola del pan
el país resiste en el límite
de una frontera viviente.

 

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