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El paseíllo

Por Igor Barreto

Entre el paseíllo de una tarde de toros y la seducción amorosa, hay nudos y coincidencias. Primero El Orden: una seducción cortés debe obedecer a una retahila de casualidades previamente organizadas. En una plaza sabemos que detrás de las monturas de los alguaciles el torero de la derecha es el más diestro, y que al final van los mozos con sus mulas para sacar al toro tristemente defenestrado. Y los que van de últimos son otros jovenzuelos que echarán arena en la sangre derramada para que la tarde renazca con aparente inocencia. También ocurren cambios en la planificada seducción amorosa, que va desde el ventoso capote con sus ondas, hasta la rígida muleta que guarda el estoque sangriento del tercer “tercio”. Amor cortés de las plazas y las fondas donde la multitud se acoda en silencio ruidoso. De aquellas conversaciones la gente entiende lo que quiere. Y el cuerpo no necesita de mayores claridades que los angulosos ojos y los dedos que sostienen una copa.

Plaza de Toros en Nuevo Circo, Caracas [Reverso] / Tarjeta Postal ©ArchivoFotografíaUrbana
Thibaldo y Stella se conocieron una tarde de toros en el año 1968. En el cartel punteaba el nombre del Diamante Negro con unos toros de Guayabita. “No conviene mirar con telescopio a una luna de miel, ni mucho menos con microscopio”, decía José Bergamín en su libro: La claridad del toreo. Pero Stella, que vivía de Truco a Balconcito, no supo descifrar la pretensión de Thibaldo. Antes de partir a la corrida, luego del baño y del almuerzo, no logró adivinar que su destino estaría en juego, y que al terminar la faena comenzaría otra: la de Thibaldo. Stella no supo dar crédito a sus ojos, ni a sus oídos. No había leído aquel libro de Bergamín: “( …) las corridas enseñan a “mirar” para “ver” más claro.” Pobre Stella, la burlaron en su balconcito caraqueño; y pobre Thibaldo, que no fue capaz de reconocer una embestida inocente y tierna.

 

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