/Una vez más a propósito de Liscano y las guerrillas

Una vez más a propósito de Liscano y las guerrillas

Por Edgardo Mondolfi Gudat

“Soy un hombre de pelea y de convicciones que se niega a ser regimentado, que respeta su propia individualidad, que no cree en verdades absolutas y, mucho menos, en catecismos ideológicos pensados (…) para un consumo eternal”.

Juan Liscano

En una entrega anterior acerca del tema de Juan Liscano y la década de 1960 mencionaba la forma en que, al disponerme a escribir La insurrección anhelada, guerrilla y violencia en la Venezuela de los sesenta, tuve la gratísima sorpresa de advertir un hecho revelador: Liscano, a quien valoraba por el desarrollo de una obra poética muy personal, actuó como una voz solitaria en el contexto cultural de aquella década sin que nada lo amilanara a la hora de disponerse a batallar desde la prensa en contra de la guerrilla y sus credos.

En esta oportunidad quisiera agregar algunos detalles que dejé en el tintero a propósito del tipo de preocupaciones que el siempre inclemente Liscano dejó expresadas a través de su columna habitual en el diario El Nacional. Uno de ellos, valioso por lo demás, tiene que ver con el “origen” de la violencia, tema ante el cual la memoria construida por la izquierda en torno a estos hechos ha tendido a atribuir a la desaforada actitud de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Ahora bien, la leyenda, como toda leyenda, suele tener por lo general una vida dura y cuesta trabajo vencerla. Justamente una de las más perdurables, y que Liscano se hizo cargo de confrontar en su propio tiempo, tiene que ver con la idea de que fue el primer gobierno constitucional pos-1958, dirigido por Betancourt, el que le cerró todos los cauces legales a la izquierda y lo que llevó a ésta a tener que actuar fatalmente y sin remedio a través de la lucha armada. Citemos al caso una de sus entregas donde el poeta pone en duda esa versión: “Nuestros revolucionarios razonaron de este modo: ‘Si los cubanos hicieron la Revolución, ¿por qué no la vamos a hacer nosotros también?’ Y pusieron manos a la obra, organizando una fuerza armada capaz de determinar la insurrección o de aprovecharla. (…) Ya estaba en marcha un proceso democrático, con todas sus fallas y aciertos, en cuya iniciación tuvieron parte importante los mismos comunistas. El gobierno democrático no inició la represión. Por el contrario, demoró tanto en decidirse a tomar represalias que sus adversarios pudieron montar su aparato insurreccional” (“Precisiones”. El Nacional, 13/11/65: A-4).

Por otra parte, para el ojo crítico de Liscano, la acción insurreccional había nacido de una “desviación emotiva” que hundía sus raíces en una serie de moldes heredados de las tradiciones del siglo XIX. Por ello dirá: “Antes de ayer como ayer y como hoy, la vocación guerrillera del venezolano se mantiene en ellos, incólume. El centauro aún pisotea nuestro cielo con su galope salvaje. Pero lo grave y característico de la situación actual es lo siguiente: por primera vez en nuestra historia la gente adulta y madura le da la espalda a toda esa mitología guerrillera. (…) Los jóvenes que leen [esa prédica guerrillera] sólo advierten el lado heroico del asunto, la invitación a agruparse para ser dueños de la Patria. La abrumadora carencia analítica de esas tesis revolucionarias no les restan, en ningún momento, poder de contagio emocional, tanto más cuando aumentan cada día sus destinatarios: los jóvenes” (“La Pacificación”. El Nacional, 04/12/65: A-4). Y, en tono más bien de cierto lirismo, señalaría lo siguiente en esa misma entrega: “[N]uestros hijos están jugando a la guerra y a la revolución. No supimos curarlos de la epopeya de las guerras de independencia ni de la “gloria roja del homicidio” de que habló [Rómulo] Gallegos”.

Aparte –según lo observaba el opinante– de que las acciones realizadas por el brazo armado de la izquierda no fueran fruto de un proceso orgánico sino de una voluntad de imitación, figuraba el hecho de que la lucha insurreccional liderada contra el proyecto democrático tuviera a la juventud en su “epicentro”. Liscano jamás se cansó de repetir esa tesis; de hecho, fue uno de los puntos más controversiales que asumió en medio del debate y que llevó, de paso, a que se derramara tanta tinta en su contra. “El concepto de generación –dirá– vino a sustituir al de clase. El Partido Comunista, de partido proletario, se convirtió en sucursal de centros universitarios. El concepto de edad reemplazó al de pueblo, al de masa. Las FALN nacieron de una desviación emotiva. La juventud ‘falnista’ se presentó a sí misma como encarnación del pueblo. Desbordó a sus cuadros directivos. (…) Oportunistas y dirigentes atemorizados rivalizaron en adular a esas ‘juventudes’”. Más adelante, el poeta agregaba que buena parte de lo que podía explicar el protagonismo juvenil en el frente armado era producto de la “exagerada valoración que de sí misma hacía esa juventud”. En otra vuelta de tuerca sobre el mismo asunto, Liscano se vería llevado no sólo a poner en duda la recepción que la dinámica armada pudiera terminar cobrando en el seno de la sociedad sino a insistir en su tesis según la cual la misma realidad venezolana se hacía cargo de contradecir “el mesianismo irreflexivo de la juventud” (“¡Recapacitar! ¡Tender puentes!”. El Nacional, 21/11/64: A-4).

Por ello, y a manera de remate en esta entrega, Liscano puntualizaría lo siguiente al referirse al visible predominio de los jóvenes en los asuntos de la guerra que se estaba librando en Venezuela bajo inspiración cubana: “[S]alta a la vista que la voladura de oleoductos, asesinatos como los de [el tren de El Encanto], incendios de fábricas y homicidios de policías [llevados a cabo por los grupos armados] no [pueden] despertar entusiasmo alguno en el proletariado, ni en la clase media, ni entre las FF.AA., ni entre los grupos profesionales”.

Dentro de este cuadro cabe hacer referencia también a lo que fuera una carta pública dirigida por Liscano a un grupo de intelectuales que lo adversaban en el terreno de la política nacional, y entre los cuales destacaban el cineasta Edmundo Aray (quien se mantuvo fiel hasta lo último al proyecto chavista-madurista); Carlos Contramaestre; Jesús Sanoja Hernández; Francisco Pérez Perdomo; Salvador Garmendia; Aníbal Nazoa; Jacobo Borges (el único pintor que figuraba en el Manifiesto anti-Liscano) y, para sorpresa de muchos hoy por hoy, Rafael Cadenas y Manuel Caballero. Liscano respondería entonces a lo que calificaba como la “insolencia”, la “falacia” y la “malignidad” que se desprendía de un documento firmado por los citados intelectuales y profusamente distribuido en hojas sueltas, cuyo único propósito –al decir del autor de Nuevo Mundo Orinoco– era arrojar lodo sobre su persona por el hecho de haberse visto actuando en defensa de la institucionalidad democrática. Para Liscano, el documento en cuestión se afincaba en una típica táctica de factura estalinista y, a partir de esa década del 60, también cubana: la descalificación moral del adversario.

Juan Liscano en su estudio | Fotografía de Ricardo Razetti ©ArchivoFotografíaUrbana

Liscano se aprestaría a responder una por una a las acusaciones formuladas en dicho documento. Entre otras cosas dirá que la turbia misiva firmada de manera colectiva por la juventud intelectual de la izquierda tenía por objeto contraponer el “legítimo sentimiento de rebeldía” de ésta, su voluntad “anti-imperialista” y la honestidad con que combatiera al perezjimenismo desde los predios de la Universidad al hecho de que Liscano actuara como “anacrónicamente liberal”, que se viera “entregado a intereses extranjeros”, que se le rotulara como rehén del régimen constitucional y de las opiniones del gobierno o que, a fin de cuentas, hubiese optado por expatriarse voluntariamente durante la dictadura de Pérez Jiménez como si no hubiese habido en ello una forma tan legítima como cualquiera otra de expresar su inconformidad con la administración pretoriana del país. Frente a lo último, y para arrojar leña suficiente dentro de la hoguera que los propios firmantes del documento habían encendido, Liscano apuntaría: “[E]ntre los presuntos jóvenes intelectuales que me acusan, hay unos –apenas tres o cuatro- que efectivamente padecieron torturas, cárceles y presidio. Otros, lo mismo que yo, se expatriaron; inclusive hubo quienes, a diferencia de lo que me pasó a mí, lo hicieron sin presión policial alguna. (…) Finalmente hay quienes despertaron a la conciencia revolucionaria tan sólo después de la caída de Marcos Pérez Jiménez”.

Inmerso en tal contexto y, por tanto, desprovisto de toda capacidad para adivinar el futuro respecto a lo que significaría el éxito de semejante ensayo institucional pese a todas las limitaciones y falencias que acusara en el camino, Liscano observaría lo siguiente en respuesta a quienes, desde el “sectarismo” y el “frenesí político”, adversaban este proyecto de convivencia: “La peregrina tesis de que en Venezuela no se puede gobernar sin la anuencia del Ejército, del Clero, la alta burguesía, etc., no la inventé yo (…) sino la puso en práctica la Junta Patriótica en cuanto salió a la calle [en enero de 1958] y se amplió, invitando a representantes de esos sectores. En lugar de empujar la Revolución integró su composición con propósitos unitarios y conciliadores”. Frente a la cortedad de memoria que parecían revelar sus adversarios apuntaría, de seguidas, lo siguiente: “La izquierda apoyó de inmediato el gobierno presidido por Larrazábal (…) con predominio de conocidas y honestas personalidades de los negocios, la alta burguesía y las profesiones liberales”. Por lo tanto (…), todos los partidos coincidieron en poner en marcha la transformación (…) por la vía de la conciliación. (…) Nadie habló de Revolución hasta que Fidel Castro tomó el Poder. Entonces se despertó por mecanicismo y contagio emocional un fervor de imitación que no toma en cuenta ni la realidad ni el deseo, ni la conveniencia de los pueblos”.

Pero acaso más asombroso aún resulta advertir la forma como Liscano quiso poner de relieve lo que significaba su apego a la legalidad institucional, algo que, para la Venezuela que recién surgía de entre los escombros de la farsa militarista protagonizada por Pérez Jiménez, equivalía a un triunfo frente a la “barbarie tradicional”. Y lo resumiría de este modo para dejar claramente expresado que su apego a la legalidad se expresaba muy por encima de cualquier cálculo de tipo personal: “Fui partidario de un candidato de unidad a la Presidencia. En esa campaña coincidí con el Partido Comunista y estuve en desacuerdo con AD. (…) Pero mi decisión fue apoyar al candidato que saliera electo, por encima de todo, pues defiendo el orden democrático nacido del sufragio libre. Salió Rómulo Betancourt. Mereció mi acatamiento, como lo hubiera merecido Larrazábal (…). Estoy ahora con el gobierno constitucional y contra quienes, desde cualquier campo extremista, planeen su derrocamiento por la violencia”.

A la hora de hundir el dedo en la llaga –tal como lo había hecho ya en varias entregas de su columna– Liscano dejaría libradas a los cuatro vientos sus dudas acerca del carácter específicamente local de la insurrección o de que, incluso, existieran en Venezuela condiciones propias para ello. Por ello diría: “[La oposición extremista da] argumentos para desacreditar al régimen invocando los ejemplos de Cuba, (…) Argelia, (…) el Congo, Laos, sin parar mientes en lo que significa cada una de esas situaciones y en la ninguna relación que tienen con la circunstancia venezolana”.

Continuar desglosando esta carta pública daría materia para muchos más ángulos de la polémica que Liscano resolvió librar contra sus detractores. Sin embargo, sería una lástima desaprovechar lo que a bien tuvo decir con respecto a la elasticidad moral de la izquierda ante la eventualidad de convertirse en poder: “Resulta un sarcasmo que hablen del (…) ‘ejercicio de la libertad’ (…) quienes, con seguridad, apoyarían de manera incondicional cualquier Dictadura de extrema izquierda que se implantara en Venezuela sin que les turbase el ánimo sosegado la represión policial contra quienes sustentaran criterio de oposición (…). El sentimiento humanitario de estos presuntos ‘jóvenes’ intelectuales empieza y termina con los suyos. [A] los demás prójimos que piensan diferente a ellos, ¡que los fusilen!”.

Estará siempre conmigo lo que Liscano apuntó, en uno de los giros finales de este documento, acerca de su honda fe republicana, expresada en estos términos: “Ratifico lo que he venido sosteniendo en todos mis artículos de prensa, a saber: Que soy partidario de la convivencia democrática; que todos los partidos deben ser consultados a la hora de tomar decisiones fundamentales (…); que ningún partido respetuoso del orden institucional debe ser discriminado, aunque sea el Partido Comunista (…) puesto que el espíritu mismo de la democracia reposa sobre la discusión y la confrontación de puntos de vista contradictorios”.

Ese era Liscano y su credo.

 

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