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El escándalo de un hombre travestido de mujer

Por Catherine Medina

El fotógrafo Samuel Dembo y el dramaturgo Isaac Chocrón mantuvieron una cercana amistad que dio como fruto importantes colaboraciones, entre ellas, el registro fotográfico de los montajes de El Nuevo Grupo, fundado en 1967. Dembo se convirtió en el fotógrafo oficial, siempre presente, y formó parte de la junta directiva del conjunto teatral. Su archivo, gran parte publicado en el libro El Nuevo Grupo. Un nuevo Teatro para Caracas (Editorial Arte, 1976), es testimonio de más de 10 años de actividad. Entre las obras fotografiadas por Dembo se encuentra La Revolución, con texto de Chocrón, estrenada el 31 de julio de 1971, hace 49 años.

El teatro venezolano, tan abundante en altos y bajos, ángeles y demonios, contiene dentro de su historia su propia versión de la Santísima Trinidad. No es que exista un componente religioso o católico en su desarrollo, nada que ver. Se refiere a la existencia de tres hombres que marcaron un estilo, una pauta.

La fórmula era sencilla: José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud e Isaac Chocrón como un trino indivisible, perfecto.

Además, siempre estuvieron relacionados entre sí de alguna u otra forma. Pero el vértice perfecto de este triángulo es, precisamente, El pez que fuma. El guión de la película insigne de Román Chalbaud fue escrito con la ayuda de José Ignacio Cabrujas, basado en la obra de teatro que el mismo Chalbaud escribió en 1968, con el mismo nombre.

Pero quien acompañó a Chalbaud a visitar locaciones para filmar El pez que fuma fue Isaac Chocrón, que para aquel momento pensaba en escribir una obra sobre revoluciones sociales, personales. De hecho comenzó a escribir, a buscar el génesis de la que se convertiría en una de sus obras más aclamadas.

En una entrevista concedida a Carmen Márquez Montes para el libro La dramaturgia de Isaac Chocrón, experiencia del individualismo crítico, el dramaturgo confiesa que pensó en escribir una obra de dos enanos que eran discriminados socialmente y que salían adelante. Incluso comenzó a escribir sus peripecias, pero pronto se dio cuenta de las limitaciones.

Primero, la de conseguir dos actores enanos, problema que se podía solucionar fácilmente escogiendo a dos actores pequeños. Pero Chocrón se dio cuenta de que ser enano era (o es), más que una discriminación social, una de índole genético. Fue entonces cuando salió con Chalbaud a un night-club de poca monta con luces azules de neón y ficheras tristes.

En este momento podría sintetizar las palabras de Chocrón sobre cómo encontró su argumento, pero quien escribe estas líneas no tiene ni la gracia ni la picardía para relatar un cuento que no le pertenece, y a partir de este momento utilizará las palabras textuales que Chocrón le confió a Marquez Montes:

“Román entró a la oficina para hablar con el encargado y yo me quedé ahí. De pronto sale un tipo con la cara empolvada: ‘¡Y ahora viene el show!’ y empezaron a salir mujeres que cantaban, pero tan triste y de pronto pensé ‘¡Pero si esto es!’ Salió una gorda y digo ‘podría ser un transformista’, pensé ‘peor que ser una puta gorda es ser un transfor gordo, que se viste de mujer’”.

Y así, como todas las cosas malas y buenas que uno no está esperando, nació La Revolución.

Rafael Briceño en La Revolución de Isaac Chocrón, 1971 / Samuel Dembo ©ArchivoFotografíaUrbana

Concebida como una pieza en dos partes, La Revolución no requiere de ningún prodigio escénico o técnico. Su didascalia explica que está concebida para “poder presentarse casi en cualquier lugar, sin necesidad de ninguna escenografía específica”. Sí recomienda, eso sí, “que la acción se desarrolle bajo un círculo de luz y que el resto del espacio disponible se mantenga en penumbra”. De esta manera los actores podían aparecer y desaparecer en la penumbra de la manera que el director o el dramaturgo lo dispusiesen.

Más que un dueto, La Revolución es un duelo entre Eloy y Gabriel. Uno saca su nombre de un poeta, el otro del arcángel que anunció a María que llevaría en su vientre al hijo de Dios. Pareciera que ambos fueron construidos para ser la antítesis del plan que sus nombres divinos vaticinaban.

Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas en la obra La Revolución de Isaac Chocrón, 1971 / Samuel Dembo ©ArchivoFotografíaUrbana

A Eloy y a Gabriel los unen viejas cargas y secretos terribles. Se podría decir que están ahí casi por obligación, y por el escaso dinero que ganan en cada presentación. Porque Eloy es el ayudante de la extravagante Miss Susy, el personaje de Gabriel que canta en una rocola, se entretiene con el público, dice palabras soeces, se regodea en sus conquistas homoeróticas y humilla a Gabriel.

¿Dónde se encuentra La Revolución? ¿Es algo político, de color azul o rojo? En el nacimiento de la década de los 70’, ver a un hombre orgullosamente vestido de mujer en un teatro era una revolución visual y, sobre todo, personal.

La Revolución fue estrenada por El Nuevo Grupo el 30 de julio de 1971 con un elenco conformado por José Ignacio Cabrujas y Rafael Briceño, bajo la dirección de Román Chalbaud. La imagen de Rafael Briceño vestido de mujer causó revuelo en Venezuela, y su fama se extendió gracias a compañías en Puerto Rico, Nueva York, São Paulo, San José de Costa Rica, Ginebra y Madrid que la han montado y remontado a lo largo de los años.

Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas en la obra La Revolución de Isaac Chocrón, 1971 / Samuel Dembo ©ArchivoFotografíaUrbana

En una época donde la Revolución Cubana era el último grito de la moda y de la reivindicación de los derechos humanos, Chocrón fue lo suficientemente osado como para afirmar, a través de uno de sus personajes, que “antes de hacer una revolución afuera y estar marchando hay que hacer la de uno”. Él mismo expresó su incredulidad ante el hecho de que los revolucionarios hubieran hecho la suya.

Este año, La Revolución cumple 49 años de vida. José Ignacio Cabrujas murió en 1995, Chocrón le siguió en el 2011. El único miembro de la trinidad es Román Chalbaud, militante a rabiar del gobierno venezolano y colaborador activo del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC).

Un dato curioso: por falta de mantenimiento y un pobre cuidado, la cinta original de El pez que fuma se decoloró y perdió para siempre, como ocurre eventualmente con todas las revoluciones.

 

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