/Retratos, hitos y bastidores: Rómulo Betancourt y la Venezuela urbana, I. La ciudad vitrina

Retratos, hitos y bastidores: Rómulo Betancourt y la Venezuela urbana, I. La ciudad vitrina

Por Arturo Almandoz Marte

“…Tenemos una hermosa ciudad capital, ciudad vitrina comparable a un pumpá de siete reflejos para un hombre que tuviera los pies descalzos…”

Rómulo Betancourt, Posición y doctrina (1958)

1. En vista de las desigualdades urbanas y territoriales que contrastaban con las de Caracas, el progreso y desarrollo aparentes de la Venezuela de Pérez Jiménez fueron fustigados por los oponentes a la dictadura. Desterrado por tercera vez en su vida política desde 1949, adalid de esa crítica fue Rómulo Betancourt. Al advertir sobre el contrastante territorio de espejismos, parecía seguir los argumentos de Arturo Uslar Pietri –ya para entonces su enemigo político– en De una a otra Venezuela (1949). En 1957, de visita en Nueva York durante su exilio en Puerto Rico, el líder de Acción Democrática, ante una audiencia en el Carnegie Hall, señalaba a las “dos Venezuelas” de Pérez Jiménez,

“la de exportación, presentada como modelo a imitar por los propagandistas de la dictadura, y por ciertos cruzados de la libre empresa, que en la presunta prosperidad extraordinaria de mi país señalan demostración objetiva de cómo avanzan las naciones cuando las actividades económicas privadas se realizan al margen de la vigilancia y preocupación gubernamentales; y la Venezuela real. En ella, en la real, hay centenares de secuestrados políticos, algunos con hasta siete años de reclusión, ninguno habiendo sido juzgado o sentenciado por jueces; millares de exiliados; prácticas de torturas físicas en las cárceles, idénticas a las que aplicaron en sus tiempos las policías políticas de Hitler y de Stalin; impedimento para la organización por los trabajadores de sus organismos de defensa gremial; anulación radical de todos los partidos políticos; censura rígida sobre la prensa nacional y sobre las agencias internacionales de noticias, que ha venido denunciando sistemáticamente la Sociedad Interamericana de Prensa”.

El natural grafismo del líder adeco, aguzado por la percepción del país a la distancia del tercer exilio, puso en perspectiva histórica las contradicciones económicas y políticas, así como los atropellos judiciales y carcelarios de un régimen cuyo progresismo acaso deslumbraba a más de un asistente al Carnegie Hall. Seguramente Betancourt sabía que la fascinación con las obras faraónicas del Nuevo Ideal Nacional (NIN) persistiría entre la masa venezolana, especialmente en la Caracas renovada. Aquí sobre todo, para erradicar los vestigios de la dictadura había que apelar a reivindicaciones políticas más que materiales. Quizás por ello, como buscando recobrar el apoyo capitalino, en mitin pronunciado en la plaza Diego Ibarra a su regreso al país tras el 23 de enero de 1958, Betancourt afirmó que “estaba viva la pasión de la libertad” en el pueblo caraqueño que se había unido, “desde el millonario hasta el limpiabotas, desde el hombre de La Charneca hasta el del Country Club, desde el sacerdote hasta el seglar, desde la monja hasta la lavandera, para realizar esa gloriosa epopeya de la reconquista de la libertad”.

Cortesía Arturo Almandoz

2. Una suerte de antinomia entre primacía urbana y atraso rural atraviesa el mapa de Venezuela bosquejado por el líder adeco a su regreso del exilio, recogido en los discursos de Posición y doctrina (1958). Por contraste con la “ciudad vitrina, para regodeo de los ojos transeúntes del turista”, Betancourt señalaba, como muestra del atraso agroindustrial, por ejemplo, al millón de kilómetros cuadrados que apenas era atravesado por “algunas excelentes vías de comunicación troncales, pero sin carreteras de penetración”. Así como los escasos caminos vecinales, “a través de los cuales el campesino lleva sus productos a los mercados y centros de consumo, totalmente abandonados”.

Fustigando la “megalomanía del dictador” que había pretendido presentarnos como el país líder de América Latina y uno de los primeros del mundo –no en vano Pérez Jiménez acarició el sueño de organizar en Caracas la exposición internacional de 1960 y las olimpíadas de 1964– el líder adeco arremetió en sus discursos contra el crecimiento aparente y el atraso fundamental de la contrastante Venezuela que salía de la dictadura:

“Nuestro país ha crecido en una forma distorsionada. Tenemos una hermosa ciudad capital, ciudad vitrina comparable a un pumpá de siete reflejos para un hombre que tuviera los pies descalzos. Porque la Venezuela de Los Andes, de Oriente, de los Llanos, es la misma Venezuela atrasada, la misma Venezuela deprimida y la misma Venezuela paupérrima que existía antes. Hay dos Venezuelas: esta Venezuela de la danza del bolívar, la de Caracas y el Litoral y de algunas zonas del centro del país; la Caracas del ‘5 y 6’ y los rascacielos de 35 pisos. Y la otra Venezuela en la que el hambre es una realidad patética”.

Continuando con el reporte antitético de las dos Venezuelas urbana y rural –tema recurrente de la ensayística nacional, sobre todo después de 1945– las desigualdades legadas por la dictadura en términos políticos y económicos, evidenciaban también para Betancourt distorsiones dentro de la misma región central. Poco después de retornar, en conferencia pronunciada en Valencia, centro de la política de sustitución de importaciones que se había adoptado en el país, el líder de AD denunció la gravedad de la millonaria hipertrofia de Caracas –que concentraba un quinto de la población de Venezuela en mucho menos del uno por ciento de su territorio– sobre todo por su falta de base económica sólida. Contrastaba en este último, según Betancorurt, con el ejemplo del São Paulo industrial:

“Un país con una capital macrocefálica, la ciudad de Caracas, donde está concentrado en el 0,21 por ciento del área territorial del país un quinto de su población. Ya más de un millón de personas viven en la capital de la república. Y con la circunstancia de que este crecimiento demográfico violento de Caracas no ha coincidido con un crecimiento industrial coetáneo, como sucedió en São Paulo, en el Brasil, porque es bien sabido que por carencia de terreno suficiente y de agua suficiente, Caracas no puede llegar a ser nunca una ciudad industrial. En realidad Caracas ha crecido en esa forma desproporcionada por dos circunstancias: porque allí se concentraron la mayor parte de las inversiones de obras públicas, muchas de ellas en obras suntuarias como teleféricos, Hoteles Humboldts y Avenidas espectaculares, y porque la población provinciana, especialmente la población campesina, fue impulsada por el hambre a una especie de éxodo, de diáspora, de la periferia al centro”.

Construcción del Hotel Humboldt, ca. 1955 / Fotografía de Autor desconocido ©ArchivoFotografíaUrbana

Junto al secular atraso de regiones de base agraria, Betancourt denunció la hipertrofia caraqueña como debida a obras públicas suntuarias. A través de estas la dictadura había concentrado el excedente petrolero en ciudades no productivas, distorsión que también se acentuó a través del crecimiento administrativo. Esta “sobreurbanización”, “inflación urbana” y “terciarización” de las grandes ciudades era problema común en América Latina y otras regiones del Tercer Mundo, del Brasil de Kubitschek al Egipto de Nasser, como lo registraría la literatura especializada. Sin embargo, Betancourt pareció endilgarlo exclusivamente al caso venezolano, con cierta miopía mostrada asimismo por intelectuales de entonces –Uslar Pietri, Briceño Iragorry, Picón Salas– no exenta de retaliaciones políticas a la dictadura.

3. Como otro ejemplo del privilegiado contraste de la capital con el resto del país, a su regreso Betancourt hizo referencia a la visita a Caracas, en 1954, de una comisión técnica de la Organización de Estados Americanos (OEA). Esa comisión había determinado que en la periferia de “esa ciudad con tantos rascacielos y tanto despliegue de nuevorriquismo arquitectónico, unas 300.000 personas –el 38 por ciento de la población de entonces– vivían amontonadas en lugares que tienen nombres muy significativos: ‘Ciudad Chamizas’, ‘Ciudad Tablitas’, ‘Ciudad Cartón’”. El líder adeco fustigó que en superbloques modernistas como los del conjunto 2 de Diciembre apenas “pudieron ser hacinadas 30.000 personas”, mientras que la población de los cerros llegaba a 300 mil. Ello contradice, por un lado, las aseveraciones del propio Pérez Jiménez, quien reivindicara entre sus logros la “extirpación” de más de 58 mil ranchos caraqueños, dejando apenas 7 mil para el final de su régimen. Por otro lado, la crítica de Betancourt desconocía las innovaciones de una política de vivienda masiva que, no obstante sus apresuramientos, llegó a ser referencia para otros países latinoamericanos, por su experimentación arquitectónica y urbanística.

El futuro presidente ofreció dar respuesta al problema de vivienda construyendo a un ritmo de 40 mil unidades por año durante su gobierno, entre 1959 y 1964. Apoyado en el decreto respectivo de 1958, tales promesas fueron concretadas, en el medio campesino, a través del programa de vivienda rural, coordinado por el doctor Arnoldo Gabaldón y adscrito a la División de Malariología del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social (MSAS), el cual buscaba erradicar endemias tropicales y mejorar los estándares de la vivienda campesina. Sin embargo, la cuestión del déficit habitacional quedaría como una de los grandes desafíos del ciclo político que se iniciaba.

Las promesas habitacionales buscaban acabar con la “vergüenza nacional del rancho” y los “inadecuados y deficientes servicios públicos”, considerados por Betancourt como “los más deplorables” del continente. Era discutible, por un lado, este dictamen con respecto a los servicios nuestros en el contexto de América Latina, donde Venezuela destacaba con una red vial de 36 mil kilómetros, entre otros logros de infraestructura. Por otro lado, hay antecedentes que avalan la existencia de una política habitacional y de expansión urbana desde la década de 1950, al menos en la región metropolitana de Caracas. Tal como recordara Víctor Fossi, el Banco Obrero (BO) no solo había sido principal productor de vivienda pública desde su fundación en 1928, sino que también, por recomendación de comisiones especializadas creadas desde 1945, había venido adquiriendo tierra urbanizable como reserva para la expansión capitalina, programa que fue después extendido a las principales ciudades del país. Si bien la compra precavida de terrenos fue continuada durante los años cincuenta por el Centro Simón Bolívar (CSB), fue precisamente en la década siguiente cuando sería descuidada en la capital, a pesar de que en 1959 fuera decretado el desarrollo de las ciudades Losada y Fajardo, como satélites de industria y vivienda obrera para Caracas. Con todo y ello, bajo la égida de Leopoldo Martínez Olavarría, su director gerente, el BO pudo constituir en el interior, como ha recordado Alfredo Cilento, “una gran reserva de terrenos que serán insumo fundamental para la construcción de vivienda hasta la década siguiente”.

Son muestras de cómo, a pesar de la continuidad en el proyecto modernizador nacional, titubeos en la inversión pública de la democracia recién instaurada, para desmarcarse de la dictadura, desatenderían parte del desarrollo urbano y la inversión y producción en Caracas. En este sentido, si bien comprensible en lo concerniente al desequilibrado programa edilicio del NIN, la temprana reacción de Betancourt contra la “ciudad vitrina”, era en parte una posición ante el hecho metropolitano asociado con la dictadura. Sin embargo, tales reticencias iniciales serían superadas por un vasto programa de obras territoriales y modernización urbana en su conjunto, como veremos en entregas siguientes.

 

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